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NEGATIVO GANADOR: Las cabras de Hitchcock

La gran caza del tiburón.

 

 

Tras varios minutos debatiendo conmigo mismo sobre cómo debería empezar a escribir sobre Hunter S. Thompson, al fin he hallado la respuesta. Bueno, sólo a medias. “Debes de comenzar con una primera frase excelente”, me he dicho. Un par de oraciones que atrapen a quien lea esto como un anzuelo de púas engancha a un marlín, obligándole a dar violentos coletazos en su intento por zafarse, pero sin conseguirlo.

 

Buscaba algo que pudiera golpear con la fuerza de un martillo, pero que a la vez fuera lírico, como cuando Nabokov escribe: Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Alguna cosa del tipo: Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera, de Tolstoi. O algo, si me lo permiten, más arrollador todavía, como el principio del Aeropuerto de Hailey: A las seis y media de la tarde, un viernes de enero, el Aeropuerto Internacional de Lincoln, estado de Illinois, funcionaba, pero con dificultades.

 

Ante la incapacidad de escribir esta frase por medios propios no me ha quedado otra opción que la del hurto literario. La respuesta no andaba lejos; una cita del propio Thompson en la contraportada del libro que tengo sobre el escritorio:

 

Lejos de mi la idea de recomendar al lector drogas, alcohol, violencia y demencia. Pero debo confesar que, sin todo esto, yo no sería nada.

 

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NEGATIVO GANADOR PRESENTA: LAS CABRAS DE HITCHCOCK

Cuando me ofrecieron escribir una sección para Negativo Ganador (entonces no se llamaba así; de haberlo hecho puede que hubiera meditado más mi respuesta), además de alegrarme y creerme el trasunto de Truffaut, Rohmer y compañía, supe de inmediato que el día previo a cada entrega iba a ser un infierno.

 

Trabajo siempre in extremis, como ése redactor de periódico al que el chaval de la linotipia le arranca la página de la máquina de escribir, mientras todavía teclea fútilmente para llegar a tiempo a la hora del cierre. Todas las ideas y conclusiones brillantes (¡ja!) que me han asaltado en algún momento u otro a lo largo de estos días previos, se han esfumado de mi cabeza (con un ahínco de fuga digno del Eastwood de Escape from Alcatraz) en el preciso momento de sentarme a confeccionar este artículo. Y aquí estoy, desvalido ante la página en blanco, como Norman Rockwell ante el lienzo que habrá de convertirse en unas pocas horas en la próxima portada del Saturday Evening Post.

 

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