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CRÍTICA DE LOREAK

FLORES PARA RECORDAR

 

 

Loreak es el último trabajo de los directores Jon Garaño y Jose Mari Goenga, debutantes con 80 egunean en el 2010, que ahora nos presentan una película que se mueve alrededor del drama interno, utilizando las flores como idea principal, incluso como tema alrededor del cual el argumento va transcurriendo. Un largometraje que nos habla de las flores y de éstas utilizadas como una metáfora, como un recuerdo, como símbolo de la vida pero también como símbolo de la muerte.

 

Todo empieza con un ramo de flores y a partir de éste se va creando un puzle. Jugando con diferentes puntos de vista y con la ayuda de una voz en off, provocando así un crescendo continuo que crea un cierto suspense que deja atrapado al espectador. Es un rompecabezas protagonizado por tres personajes distintos y muy diferentes pero con una cierta similitud entre ellos, la soledad.

 

Así pues, las flores serán el elemento que va a unir a tres mujeres, el nexo de tres historias que llegan a ser una. Ese paralelismo entre personajes será el que nos recreará una atmósfera inicialmente marcada por la soledad. Las flores utilizadas como el elemento de unión de unas vidas marcadas por la ausencia.

 

Un largometraje que juega con el olvido y con lo que éste significa, creando una estructura de espejismo con unos personajes que quieren recordar pero finalmente acaban olvidando, olvidándose de la vida y de la muerte.

 

Loreak, que está hablada íntegramente en euskera, se mueve entre dos aguas, entre la vida y la muerte, entre el recuerdo y el olvido, entre la soledad y la compañía. Éste último trabajo que nos presentan los directores Garaño y Goenga es el perfecto ejemplo de la complejidad que conlleva lo simple.

 

Mar Subirats (1º)

 

CRÍTICA DE BOYHOOD

Este blog pretende ser, entre otras cosas, un espacio para que los alumnos expresen y compartan sus gustos y opiniones cinematográficas. Hacednos llegar vuestra voz.

 

A continuación, Jaime Puertas, alumno de 1º, nos da sus impresiones sobre Boyhood.

 

 

EL GRAN VIAJE

 

Cuando hablamos de Boyhood, momentos de una vida (Richard Linklater, 2014), hablamos de la infancia, de los sueños, de las fantasías, de los conflictos de familia, de los padres, de todas las ilusiones que el ser humano es capaz de abarcar. Cuando hablamos de Boyhood hablamos del tiempo, de la vida. Pero cuando hablamos de Boyhood también hablamos de la muerte. No de la muerte en el sentido más estricto de la palabra, pero sí en su significado más primitivo: la muerte entendida como el fin de una etapa. La muerte entendida como un viaje. En cierta manera, Boyhood no deja de ser una road movie, siendo la carretera una metáfora del paraíso perdido que es la infancia.

 

Whitman escribió en el Canto a mí mismo estos versos: “el retoño más pequeño demuestra que no existe la muerte / y que si alguna vez existió lo hizo para impulsar la vida, / sin esperar al fin para detenerla, / y que cesó en el momento en que apareció la vida”.

 

He estado pensando en estos versos, y creo que podrían ser perfectamente el origen de este valiente proyecto. Linklater se propone hablarnos de la vida a través del fin, de la muerte de todas las etapas que vivimos, que soñamos y que, una vez pasadas, añoramos. Una de las grandezas del filme reside en el personaje protagonista: Mason (magnífico Ellar Coltrane). Un chico normal, con una familia normal que vive en un sitio normal. De hecho, Mason somos todos nosotros. Todos en nuestra vida nos hemos enfadado con nuestros hermanos, hemos llegado a pensar que los elfos existen o que los adultos son aburridos. Sí, quizá lo que Linklater pretende decirnos con Boyhood es que nosotros siempre seremos nosotros, indistintamente de nuestra edad o del tiempo que pase. Y todas las experiencias por las que pasamos nos marcan, nos hacen ser como realmente somos. Nosotros: tristes o alegres, llorando o riendo, corriendo o en coche, durmiendo o despiertos, soñadores o aburridos, locos o cuerdos, volando, caminando, respirando, pero al fin y al cabo, nosotros. Boyhood habla de la vida en el sentido más sencillo (que no simple). Y como bien dice uno de los temas principales de la película, Hero (Family of the year): “I don’t wanna be your hero / No quiero ser tu héroe”. No, no hemos nacido para ser héroes de nadie. Simplemente viajamos, conocemos, disfrutamos, vivimos, morimos para ser héroes de nosotros mismos. Crear nuestra propia epopeya, escribir nuestra gran aventura, explorar lo desconocido, descubrir nuevos senderos. Eso es lo que somos y para lo que vivimos. Y esa es la sensación que transmite Boyhood; un filme lleno de vida. Citando la acertada frase, y quizá el mensaje más importante del filme, de la amiga universitaria de Mason: “¿Sabes cuando dicen eso de “atrapar el momento”? Pues cada vez estoy más convencida de que es al revés: el momento nos atrapa a nosotros”. Y quizá eso es la vida: un momento. Y por eso los 165 minutos de metraje del filme pasan como un instante fugaz. Un instante que, cuando más remoto, más genial. ¿Qué es Boyhood? Podríamos decir que es un sí a la vida. Un sí a la magia. Quizá no existen los elfos, pero en la vida existen mil maneras de hacer magia, realizar sueños. ¿La de Linklater? El cine.