CRÍTICA DE “KINGSMAN”

Los elegidos para convertirse en Kingsman
Los elegidos para convertirse en Kingsman

 

EL TRAJE NO HACE AL CABALLERO

 

Después de trabajar en Kick-Ass y X-men: First Class, Matthew Vaughn nos presenta su último proyecto, una historia de acción repleta de comedia protagonizada por Colin Firth, Taron Egerton, Samuel L. Jackson y Maichel Caine.

 

 

Kingsman: Secret Service es una película basada en un cómic de Mark Miller, que explica como un joven de baja cuna llamado Eggsy (Taron Egerton) es elegido por Harry Hart (Colin Firth) para formar parte de una agencia secreta, siempre que supere un seguido de pruebas mortales. Paralelamente, el antagonista de la película, el millonario Valentine (Samuel L. Jackson), tiene la intención de liquidar a la mitad de la humanidad, y solo los agentes Kingsman pueden hacer algo para evitarlo.

 

En mi opinión, esta película mantiene el equilibrio perfecto entre una film dramático y serio y una comedia, dado que el director juega con un argumento construido desde un punto de vista serio en el cual intercala escenas cómicas que aportan más interés al espectador.

 

Kingsman: Secret Service es ese tipo de película en qué el espectador es absorbido desde el primer minuto hasta los créditos finales mientras su rostro se debate entre la sonrisa y los nervios.  La tensión que consigue el director con la dosificación de la información y la vida y el carácter que le otorga la comedia mantienen al espectador enganchado durante las dos horas que dura la película.

 

El trabajo tanto del guionista como del director para convertir lo improbable en probable a partir del planting, permite que el espectador pueda disfrutar de una película de espías asombrosa y que, a la vez, aparenta credibilidad.

 

Colin Firth y Taron Egerton

 

Aunque la trama es la que aporta la tensión llevando a los personajes al borde de la muerte, sin el trabajo de montaje y de sonido esta no sería tan eficaz. Además, hay que remarcar que las escenas de lucha, que en parte son lo que caracterizan la película junto con su comedia y su toque inglés, no llegarían del mismo modo al público sin el sublime montaje y la música.

 

Considero que la fascinante banda sonora de Henry Jackman, no solo contribuye en el ritmo del film y envuelve al público en la historia, sino que al mismo tiempo, permite al oído disfrutar de buena música, lo que siempre se agradece.

 

De modo que se genera un ritmo dinámico que acompaña al espectador durante toda la película en un recorrido de emociones y solo le permite respirar lo necesario para que no se ahogue.

 

Como en cualquier película de espías, la dirección de arte es esencial. El diseño de los espacios se ajustan a la perfección, al igual que el de las armas, aportando asombro sin abandonar la verosimilitud. También hay que tener en cuenta el trabajo exquisito de fotografía, a manos de George Richmond.

 

En cuanto a los efectos especiales estos son vitales en la película, ya que las escenas de combate, o las pruebas que tienen que superar los personajes no serían posibles sin ellos, y en los momentos más importantes estos pasan completamente desapercibidos.

 

Es curioso ver como los personajes hablan sobre películas, sobre todo, películas de espías, como James Bond, y las comparan con lo que sucede en la misma película, haciendo que el mismo espectador se pregunte si es eso lo que sucederá o si es solo una distracción.

 

Lo interesante de la película es que debajo tanta acción se esconde una crítica a la corrupción, la injusticia y la gente de poder que goza a costa de el resto de la población. De la misma manera que lo superficial no define a una buena persona, sino que lo hacen sus acciones.

 

Acción, dinamismo, frescura, tensión y humor son cinco palabras que mezcladas con una atmosfera inglesa describen a la perfección una de las mejores películas de espías, de los últimos años, junto al Agente 007. Con una técnica perfecta y una forma de narrar que no te permite apartar la mirada de la pantalla hasta que los créditos llegan a su fin y las luces de la sala se encienden.

 

Òscar Larraga Domènech

 

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