CRÍTICA DE “LEVIATHAN”

Leviathan

 

El mar. Una enorme masa azul acompañada del vaivén de las olas. Un azul grisáceo que contrasta con el verde de las praderas, la inmensidad de las rocas. Un ruido rodeado de un silencio profundo, intimidador… desolador incluso.

 

Un paisaje de una belleza sobrenatural y devastadora que, de nuevo, comparo. Un pueblo de pescadores gris, medio abandonado. Pobreza al lado de una gran riqueza natural.

 

En este panorama se desarrolla Leviathan, la tercera de una trilogía dirigida por Andrey Zvyagintsev protagonizada por Aleksey Serebryakov, Elena Lyadova, Vladimir Vdovitchenkov y Roman Madianov.

 

Unos luchan por lo que es suyo. Otros luchan para arrebatárselo. Los medios no importan. No hay límites ni remordimientos… arrasan con todo, y al fondo vemos a pobres victimas que hacen lo que pueden dentro de lo que es correcto.

 

Leviathan es una dura crítica. Una crítica hacia la corrupción que hay incluso hoy en día en un país como Rusia. Más concretamente a la corrupción inmobiliaria, muy conocida en el país. Y todo se vuelve más evidente y es reafirmado cuando nos llega la noticia de que Zvyagintsev no va a poder proyectar su película allí. Curioso y desesperante. Una prohibición que hace aumentar la polémica y que  el propio Zvyaginstev anime a los rusos a “piratear” su filme ante la censura de su país.

 

¿Es más valiosa la libertad que Dios? ¿Es más valiosa la justicia que el dinero?

 

Se trata de una película de arrebatos. Les quitan el hogar. Les obligan a marcharse. Eso implica desesperación, incomprensión. Esto lleva a los protagonistas al posicionamiento de víctima; sufren un robo de la dignidad, de la libertad. Ya no hay sentido, ni seguridad ni calma. El caos se apodera de sus vidas.

 

Aquí me gustaría destacar el papel de Aleksey Serebryakov. El de un hombre que se enfrenta solo ante el peligro.

 

Y la rabia me invade al observar la última secuencia de la película: una iglesia, gigantesca, en el lugar de aquél hogar tiempo atrás inquebrantable. Esculturas doradas, un templo blanco y asfalto en el lugar de un campo verde. Otra vez la religión. Otra vez la “palabra de Dios” dictando actos humanos. Aquí encontramos el otro lado de la crítica, otro tabú del “putinismo”: la gran influencia de la Iglesia Ortodoxa y su connivencia con las autoridades.

 

El paisaje de Leviathan

 

Y a su alrededor todo sigue igual. Un viejo pueblo de pescadores, medio abandonado, empobrecido, deshecho. Montañas y grandes rocas. El mar, sus olas y los viejos barcos olvidados a la deriva, o lo que queda de ellos. Y entonces pienso en el “Leviathan”, ese monstruo marino del Antiguo Testamento creado por Dios y asociado a satanás.

 

El mismo paisaje que veíamos al principio de la película ahora es todo blanco. Es el invierno y la nieve lo cubre todo. Un blanco que me recuerda a la iglesia. Una nieve que me recuerda a Dios. Un Dios que me recuerda a como el ser humano esconde horrores bajo una falsa imagen. Escondemos ese paisaje sumergiéndolo bajo una profunda melancolía de aquello que fue y de aquello que podría haber sido en esos instantes de la película. Pero bajo mis ojos no deja de ser un escenario víctima de la corrupción, de impureza y de trapos sucios.

 

Escondiendo el hogar, la muerte de una mujer, el arrebato de la libertad de un padre y la soledad y rabia de un hijo.

 

Y la nieve lo cubre todo, y los ilusos piensan que qué bonito es todo y que aquella iglesia blanca se integra bastante bien en el paisaje.

 

Sarah Romero

 

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