NEGATIVO GANADOR: Resonancias

RESONANCIAS

Imagen movimiento y tiempo

 

“El digital mira hacia atrás sin ira y se reconoce en el espejo de los orígenes del cine”
Sergi Sánchez, Hacia una imagen no-tiempo

 

Un barco atraviesa de izquierda a derecha el cuadro de una de las primeras vistas de los hermanos Lumière, Lancement d’un navire (Louis Lumière, 1896) [Fig. 1]. 120 años después, este mismo gesto se repite como si estuviera reflejado en un espejo en Pasaia Bitartean (Irati Gorostidi, 2016), donde otro barco recorre en la dirección inversa un cuadro de idéntica composición [Fig. 2].

 

[Fig. 1]

[Fig. 2]

 

La disposición formal es la misma en ambas obras: un plano fijo en el que se pueden distinguir tres términos. Un tercer término, el más alejado, que funciona como fondo y situación (el puerto), un segundo término en el que se desarrolla la que parece la acción principal (el desplazamiento del barco) y un primer término que podría entenderse como un espacio metadiscursivo, en el cual el público profílmico, es decir, los asistentes a la escena, se disponen de espaldas a la cámara y se establecen como espectadores. Tanto en la película de los Lumière como en la de Gorostidi, aquello a lo que asisten este grupo de personas es un algo -el barco- que no entra en el plano, que desborda la imagen, que desborda la experiencia. Sobre esta presencia relacionada con lo descomunal resultan también significativas las reacciones de los asistentes; en el caso de Pasaia Bitartean, la excitación del público de la vista los Lumière incorpora otra interesante cuestión estrechamente relacionada con la revolución tecnológica: muchos de los asistentes sacan sus móviles y cámaras para conseguir una imagen; alguno, de hecho, da la espalda al acontecimiento para tomarse una fotografía con el barco detrás, es decir, renuncia a la experiencia para situarse en primer término entre el objetivo y lo filmado. La cámara única de los Lumière es ahora múltiple: ya no hay un único tomavistas, sino que todo el mundo tiene el poder de atrapar y conservar su porción de realidad.

 

Esta revolución tecnológica tiene mucho que ver con otra cuestión fundamental: el tiempo, o lo que es lo mismo, la duración. La secuencia de los Lumière dura 30’’ segundos. En esos treinta segundos se pueden distinguir perfectamente los tres actos de la narración clásica (presentación, desarrollo y desenlace), que coinciden con el recorrido del barco por la imagen; y no solo condensa esa estructura clásica en un tiempo tan breve, sino que además se permite disponer un momento central: aquel en que una botella -siguiendo el ritual de bautismo naviero- se rompe contra el casco del barco. Un instante dinámico perfectamente encuadrado, en el centro del plano que permite, al mismo tiempo, hablar de una puesta en escena en las vistas de los Lumière que convive en perfecta armonía con lo accidental de la realidad filmada.

 

La secuencia de Pasaia Bitartean dura 5’23’’: el desplazamiento del barco se repite, pero este barco, de mucha más envergadura, requiere precisamente por ello mucho más tiempo en su recorrido. El cine de los Lumière, que desconocía del montaje, disponía únicamente de una cantidad x de metros para filmar y, una vez agotados, se acababa la filmación. Tenían, por lo tanto, que comprimir la acción en el tiempo, realizar un trabajo de cronómetro, ajustar los tiempos para permitir el paso completo del barco, es decir, para abrir y cerrar su relato. Con el montaje y el aumento de la longitud de los rollos puede aumentarse la duración, pero sigue existiendo una limitación física: unos metros de película que determinan y condicionan su extensión temporal. Con el cine digital este límite desaparece, o se amplía hasta un punto infinito.

 

El plano secuencia de Pasaia Bitartean podría soportar cientos de barcos transitando por ella, cada uno mayor que el anterior, porque su duración solo estaría limitada por la capacidad de las tarjetas de memoria. Y, precisamente, lo más interesante de la secuencia de Gorostidi es lo que emerge a partir de esta prolongación en el tiempo: lo que sucede después de la partida del barco, porque es entonces cuando se revela la verdad de la imagen. Es después del paso del barco en Pasaia Bitartean, cuando el plano continúa estático, fijo, con un señor en su centro [Fig. 3], cuando se revela a través del tiempo aquella verdad que había estado oculta o camuflada en el interior de la imagen: que el auténtico protagonista de la secuencia no era el barco, sino la gente.

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