NEGATIVO GANADOR: CRÓNICAS DEL SEFF (Fin de Semana)

SÁBADO 5

 

 

Con el fervor religioso de los feligreses que se dirigen a misa nos encontrábamos los recién llegados a Sevilla, en la zona de acreditaciones, encomendándonos a la puntualidad del personal responsable y a la calidad de una programación que, de tan esperada, ya había visto el día anterior cómo se agotaban las entradas para el thriller rumano Dogs (Bogdan Mirica, Las nuevas olas).

 

Todas las prisas por empezar parecían encontrar su irónica respuesta en la primera proyección, Le fils de Joseph (Sección Oficial). En las palabras del director Eugène Green, convertido en recepcionista de hotel en su propia película: “La gente que llega a tiempo no triunfa en la vida”. Nosotros no habíamos llegado a tiempo, habíamos llegado antes. Sin embargo, más allá de la cita alusiva, la cinta de Green contenía en su interior una de las claves de la jornada del sábado.

 

[Fig. 1]

 

Una imagen capital: El sacrificio de Isaac. El cuadro de Caravaggio que cuelga en la habitación de Le fils de Joseph [Fig. 1], y que llega a ser recreado plásticamente en una de sus secuencias, funciona a la vez como elemento nuclear de la cinta y como manifestación del denominador común de la jornada: la religión.

 

La película de Eugène Green producida por los hermanos Dardenne, en la que un joven trata de lidiar con la figura del padre ausente, se divide en una serie de capítulos que toman su nombre de diferentes pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, ofreciendo una relectura contemporánea en la que la puesta en escena misma está repleta de elementos religiosos, como el uso del triángulo en la composición (con dos personajes de perfil, frente a frente, y el espectador en el tercer vértice). Sin embargo, y pese a la gravedad invocada, no hay ni rastro de dramatismo desbocado o de un lenguaje árido en la película de Green, con una plasticidad y optimismo que recuerdan a la obra de Aki Kaurismäki.

 

Igualmente en clave positivista, pero con un registro mucho más ligero, se presentaba otra familia disfuncional en Miss Impossible (Emilie Deleuze, European Film Academy), en la que Aurore, de catorce años, tiene que lidiar los problemas de su edad: los primeros amores, el profesor nuevo, su familia… [Fig. 2] Anclada en el lugar común, Jamais Contente (título original en francés), puede verse al menos como el descanso en la densa cartelera.

 

[Fig. 2]

 

Y, aun así, de nuevo encontramos en la película de Emilie Deleuze la religión como elemento discursivo en esa figurita del niño Jesús que falta en el Belén de Aurore, o en esa preparación de boda de su hermana mayor con un joven ruso, por la vía ortodoxa.

 

Con la iglesia ortodoxa hemos topado en Sieranevada (European Film Academy), la última película de Cristi Puiu (The death of Mr. Lazarescu), en la que una familia rumana se reúne para comer y rendir homenaje al padre de familia fallecido. En un gesto puramente buñueliano, los asistentes de la película de Puiu permanecen en el interior de la casa, a la espera de la llegada de la comitiva ortodoxa que oficie y bendiga la ceremonia [Fig. 3]. La religión, de nuevo, como vértebra de un discurso en el que se incluyen política, historia, relaciones personales y, en definitiva, miedos y preocupaciones de sus personajes, reflejos de su época.

 

[Fig. 3]

 

La película de Puiu, con unos magníficos planos secuencias, una cámara inquieta y un drama no falto de humor y cinismo, trasciende el retrato histórico y social de Rumanía. El ejercicio de visionado, eso sí, tal vez por lo extenso, tal vez por lo árido, provocó un goteo constante de fugas durante la proyección.

 

Muchas menos fueron las salidas en la última película de la jornada, el musical fantástico con dos sirenas -pero de las que devoran marineros- que hace poco pudo verse en Sitges: The Lure (European Film Academy) [Fig. 4]. La película de Agnieszka Smoczynska, que se mueve entre el musical pop y el cuento de terror, tiene una propuesta tan original y atractiva en su arranque, como un desarrollo y un desenlace muy poco inspirados. Aquí tal vez la idea de la religión que había atravesado el resto de la parrilla no haya que buscarla de una forma explícita, sino en el concepto de devoción: un sentimiento puramente religioso que, en esta ocasión, experimentan todos los que escuchan el canto de las sirenas o, claro, del musical pop que desarrolla Smoczynska en clave de breve recorrido histórico.

 

[Fig. 4]

 


 

DOMINGO 6

 

Cuatro gestos cinematográficos: los peces que cazan desde un agujero en el muelle los niños de Heartstone (Gudmundur Gudmunsson, Sección Oficial), la bota que sale a flote en el estanque de Dogs (Bogdan Mirica, Nuevas Olas), la batería del príncipe Egon que invade desde fuera de campo el espacio sonoro de Belle Dormant (Ado Arrieta, Nuevas Olas) y las cartas de amor que descubre la protagonista de Une vie (Stéphane Brizé, Sección Oficial).

 

Bajo todos ellos la idea de un elemento que emerge, que sale a la superficie, para alterar por completo el desarrollo de la historia.

 

En el caso de Heartstone, un nuevo triunfo del cine islandés, dos amigos viven el despertar de su sexualidad en un pequeño pueblo conservador [Fig. 1]. En la película, un drama tan intenso como conmovedor, es fácil ver a los jóvenes protagonistas representados en esos peces que, por diferentes y no comestibles, son repudiados. Ojo a la nueva producción islandesa, que viene pisando fuerte.

 

 

[Fig. 1]

 

Algo similar lleva sucediendo desde hace un poco más de tiempo con la cinematografía rumana, que ya parece haber consolidado y conquistado definitivamente una estética tan propia como apropiable. Mirica se sirve así de esta manera de hacer cine para filmar un áspero thriller/western contemporáneo que ha hecho lleno total en sus dos sesiones. Sin ningún punto de contacto con la Sieranevada de Puiu más allá de los aspectos formales (a los cuales, de hecho, renuncia según conveniencia), Dogs [Fig. 2] es accesible, cruda y simple, pero efectiva.

 

[Fig. 2]

 

Otro ejercicio de forma, pero desde otro enfoque muy distinto, es el que practica Ado Arrieta en su relectura contemporánea de La bella durmiente de los hermanos Grimm. Desde su genérico, con los créditos escritos con caligrafía infantil, la Belle Dormant de Arrieta [Fig. 3] se ajusta por completo a la idea de cuento estética y narrativamente, adoptando la figura del príncipe Egon como protagonista y situándolo en un hipotético año 2000. Una película delicada, bonita y en la que cada plano deja constancia del enorme cariño del director hacia su obra.

 

[Fig. 3]

 

Y de una adaptación literaria a otra mucho más elíptica y árida: Une vie [Fig. 4]. Basada en la novela de Guy de Maupassant, la película de época de Stéphane Brizé (La ley del mercado) trabaja con precisión la elipsis y el desarrollo de personaje en las dos densas horas en las que comprime una novela y toda una vida. En ella, forma y fondo conviven de una forma indisociable, tanto en su aspecto visual (en 4.3 y con poca profundidad de campo) como en el rico uso de las atmósferas sonoras. El descenso a los infiernos de su protagonista romántica solo encuentra un instante de fuga en una destacable secuencia en la que corre, en mitad de la noche, rodeada de un negro absoluto que abarca toda la pantalla de proyección, extendiéndose más allá del marco determinado por el formato. El montaje en paralelo, que alterna los momentos felices con los dramáticos, sostiene el mensaje finalmente verbalizado: al final no todo es malo, también hay buenos momentos. De la misma forma, no todo es perfecto en la película de Brizé: verla, por ejemplo, al final de la jornada, dada su densidad y el cansancio acumulado, puede que no fuera el mejor paisaje.

 

[Fig. 4]

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