NEGATIVO GANADOR: Resonancias

El legado de Frankenstein

 

“Está vivo. ¡Está vivo!”

Frankenstein (James Whale, 1931)

 

Podríamos hacer una lista con todas las adaptaciones cinematográficas que ha experimentado (o sufrido) el monstruo de Frankenstein a lo largo de su historia. Y podríamos no terminar nunca. Desde que en 1910 la Edison Company estrenara su Frankenstein, hasta el reciente Victor Frankenstein con James McAvoy y Daniel Radcliffe, las películas sobre el monstruo no han parado. Precisamente The Telegraph seleccionó hace poco algunas de las revisiones más destacadas a propósito de una adaptación teatral dirigida por Danny Boyle, en la que Jonny Lee Miller y Benedict Cumberbacht (los dos Sherlock Holmes) se intercambiaban los roles de profesor y criatura según la función.

 

Sin embargo, y curiosamente, la mayoría de las obras en torno a Frankenstein ni siquiera son adaptaciones directas de la novela original de Mary Shelley El monstruo de Frankenstein o el Prometeo moderno de 1818, sino de una versión teatral que escribió años más tarde Peggy Webling (1927). Fue este texto el que sirvió de inspiración para el emblemático Frankenstein de James Whale (1931), con Boris Karloff en el papel de monstruo y que, entre otras cosas, incorporaba a los personajes de los sirvientes, convertía a Victor en el paradigma de científico loco y negaba a su creación de cualquier inteligencia superior.

 

El clásico de terror de Whale no solo dio lugar a una secuela que dirigió él mismo (La novia de Frankenstein, 1935) sino también a una poderosa iconografía y a numerosas revisiones, como por ejemplo la visión paródica de El jovencito Frankenstein (Mel Brooks, 1974) o la interesantísima relectura del mito propuesta por El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973).

 

La sombra de Frankenstein es alargada. Sin embargo, resulta cuanto más interesante rastrear (o descubrir) la permanencia del mito en aquellas obras que, de entrada, parece no tener nada que ver. Esta relación, evidenciada en muchas ocasiones por medio de la puesta en escena, se produce a través de la repetición de elementos que definen la obra original.

 

La creación monstruosa, el científico con complejo de demiurgo y la electricidad como fuente de la vida son puntos clave de Frankenstein, y todos ellos convergen en la famosa secuencia del laboratorio [Fig. 1], en la que el doctor Victor da vida al monstruo que le atormentará durante el resto de su historia.

 

Casi ochenta años después de que el Frankenstein de James Whale echara a andar, un rayo dirigido por el dios nórdico Thor a través de su martillo, Mjolnir, es el que da vida a otra creación humanoide, Visión, en Los Vengadores: La era de Ultrón de Joss Whedon [Fig. 2]. De nuevo el laboratorio es el de otro científico con delirios de grandeza obsesionado con la creación de vida, Tony Stark, y también su monstruo se vuelve autónomo.

 

[Fig. 1]

 

[Fig. 2]

 

El peso de los clásicos es innegable en una película, la de Joss Whedon, que juega con multitud de referentes e incluso cita al nobel de literatura Eugene O’Neill y su Largo viaje hacia la noche (1941). Al fin y al cabo, los personajes de Whedon, extraídos de las páginas de los cómics, fueron a su vez tomados directamente de mitologías como la nórdica (en el caso del dios del trueno) o parecen actualizaciones de personajes anteriores, como podría serlo el profesor Bruce Banner / Hulk del dr. Jekyll / Mr. Hyde.

 

La permanencia (más o menos subterránea) de fórmulas y figuras de éxito en el pasado tal vez explique parte del éxito del universo Marvel en el presente, poniendo una vez más de relieve esa influencia de lo viejo en lo nuevo. En cualquier caso algo es seguro: el mito de Frankenstein, recuperando la frase de la película de James Whale, “está vivo. ¡Está vivo!”

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