Crítica de “Oleg y las raras artes”

 

ANDRÉS DUQUE Y LAS RARAE AVES

 

En una entrevista que hay en Youtube, Andrés Duque hace una declaración de amor al cine cuando habla de la capacidad transformadora que se puede alcanzar al juntar dos imágenes. El comentario surge de improviso, como una desviación del tema de partida tan reveladora como las que se cuelan en la aparente cháchara de Ivan Zulueta y los soliloquios de Oleg Karavaichuk en los documentales del propio autor. El inicio de su explicación se ajusta a una definición de manual de Comunicación Audiovisual, pero la última palabra guarda una sorpresa: según el director, lo que hace único al cine es su capacidad de conectar imágenes creando un “Afecto”. Cuando lo oí, le di para atrás en el vídeo por si se había equivocado al pronunciarlo y al repetirlo lo decía “bien”: donde cualquiera habría dicho “Efecto”, Andrés Duque -sin grandes despliegues retóricos- alumbra una idea mucho más intensa.  El detalle puede resultar banal, pero esa descripción es la más precisa que he escuchado sobre lo que le hace único a él.

 

 

Los retratos que forman parte de su filmografía trazan un mapa conector entre variaciones de una especie rara a la que se intuye que él mismo pertenece. Le apasiona grabar a individuos tocados por la gracia del arrebato creativo. No importa si es una mujer anónima que hace su ritual de movimientos mágicos ignorada por los viandantes en Paralelo 10 o un pianista de renombre que toca cada semana en el Hermitage. Lo crucial es ese momento en que su unión con el absoluto es tan estrecha que no queda espacio para la convención. Bien sea tocando el piano o mirando un cromo de dibujos para niños. Aparecen aislados, de alguna manera confinados en los márgenes del mundo de las normas sociales y al mismo tiempo poniéndose a cubierto de tal engorro.

 

 

Duque ha ido a buscar al más flamante de estos ejemplares a tierras lejanas, encontrando al protagonista de su última película, Oleg y las raras artes, en Rusia. El anciano pianista aparece a menudo dentro de un plano fijo, lo que hace que atesoremos con más vehemencia los tiempos en que nos deja verle. Pues no sólo es él el que a veces dicta cuándo terminan las tomas, también sus movimientos hacia los extremos del encuadre nos tienen en vilo por si se va a ir. La disonancia que suponen ciertas imágenes que, por estar quemadas, se desecharían en una producción estándar se subraya con un etalonaje chillón. Como si se adaptaran a la forma de Oleg y fueran conscientes de que sus palabras eclipsan cualquier consideración sobre el equilibrio de su aspecto. Los comentarios del director no median entre el retratado y el público como cuando conversaba con Zulueta en Ivan Z, ofreciéndonos así un enlace más directo con el interior de Oleg. E igual que el protagonista explica que él deja que la fuerza creativa fluya a través de sí mismo, Duque planta la cámara y espera a que las sensaciones salgan en largos planos secuencia. Y entonces, Oleg cierra los ojos y la música le mueve el cuerpo. Y ya no hay piano, ni Stalin, ni espectadores, y nos vamos hacia el sitio en que se reúnen esas rarae aves.

 

Carmen Menéndez

 

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