CRÍTICA DE “DANCER IN THE DARK”

They say it’s the last song. They don’t know us, you see. It’s only the last song if we let it be

 

 

Selma (Björk) es una emigrante checa que se muda con su hijo a Estados Unidos en busca de una mejor calidad de vida. Padece de una enfermedad degenerativa que le está provocando una rápida pérdida de visión, la cual derivará irremediablemente en una ceguera total. Es una ceguera congénita, por lo que su hijo correrá su misma suerte si no se le practica una costosa operación. Selma ahorra cada dólar que gana trabajando en una fábrica para poder pagar la operación de su hijo, pero a medida que su enfermedad avanza, le es imposible seguir desempeñando su trabajo. Debido a un cúmulo de infortunios, todo se empieza a girar en su contra, y Selma sólo encontrará consuelo en la música.

 

 

Con Dancer in the Dark, Lars von Trier cierra su trilogía Corazón dorado, en la que también se incluyen Breaking the Waves (1996) e Idioterne (1998). Gracias a este film, von Trier por fin logra la palma de oro en Cannes, después de haber sido galardonado con premios menores en tres ocasiones anteriores. A su vez, el danés se consagra como uno de los grandes directores europeos del momento, logrando una tremenda repercusión mediática.

 

Quizá lo que más llame la atención de Dancer in the Dark es la decisión del autor de adaptar este amargo argumento al género musical. Pero von Trier mezcla lo más crudo del melodrama con el desenfado de canciones coreografiadas de una manera virtuosa, compensando las dosis de ambos extremos y justificando la aparición de cada número musical: son alucinaciones, destellos de esperanza, visiones de una mujer que cada vez lo ve todo más negro.

 

 

Mujer, a propósito, interpretada por una sobrecogedora Björk, merecedora del premio a mejor actriz (también en Cannes, entre otros festivales). Se conocen las discrepancias entre von Trier y la cantante islandesa, la cual llegó a abandonar el set de rodaje durante tres días sin que nadie la pudiera localizar. A pesar de todo, con este film del 2001 el danés vuelve a demostrar que es uno de los grandes directores de actores de todos los tiempos. Tal y como vimos a Emily Watson en la primera película de esta trilogía, esta vez Björk —con una escasa experiencia como actriz— es capaz de condensar en su mirada la suficiente empatía como para estremecer al público más áspero.

 

Estas interpretaciones tan puras que logra capturar von Trier, conjugan perfectamente con otro rasgo característico del director en esta etapa de su obra: la austeridad en la puesta en escena y en la estética. Una estética aparentemente descuidada (producto de rodar con videocámaras no profesionales) que, en conjunto resulta de una belleza desoladora, definitiva. Rescatando algunos elementos del dogma instaurado por él mismo dos años atrás (cámara en mano, iluminación natural, prescindir de cualquier tipo de efecto especial, etc), y aunque ignorando algunos otros (sonido directo, uso del 35mm o saltos temporales) consigue la vuelta a la esencia, lo que realmente importa en el cine, su mensaje, la poesía que esconde.

 

Y es que Dancer in the Dark es un poema, al fin y al cabo, sobre la verdad. Cine revolucionario. Un melodrama musical sin precedentes en el que Von Trier es capaz de plasmar toda la miseria, injusticia y dolor que alberga el ser humano, tratando temas como la inmigración o la pena de muerte — y más allá: el porqué de nuestra existencia o la resurrección del alma—. Con Dancer in the Dark, Lars von Trier nos apuñala, nos sacude por dentro, pero sobretodo nos enseña que en lo horrible se esconde lo bello.

 

Fabio Pereztol

 

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