NEGATIVO GANADOR: De Ulises a Superman

VAN GOGH, EJE DEL MAL

Frank Booth: el villano de Lumberton

“Terciopelo Azul” (“Blue Velvet” – David Lynch, 1986)

 

 

” Te enviaré una carta de amor. ¡Desde el fondo de mi corazón, cabrón! ¿Sabes lo que es una carta de amor? ¡Una bala de mi puta pistola, cabrón! Si recibes una de mis cartas de amor, estás jodido para siempre. ¡Te enviaré derecho al infierno!” (Frank Booth)

 

 

A lo largo del desarrollo de la cultura occidental, el mal que se representa en las leyendas aparece de diferentes maneras, aun manteniendo una misma esencia. Desde el Minotauro al que ha de hacer frente el héroe clásico Teseo hasta Jesucristo resistiendo todas y cada una de las tentaciones del Diablo, avanzando personajes malvados como el Yago que Shakespeare dotó de un poder seductor en “Otelo” o, más hacia la actualidad, el imprevisible y, a su vez, aterrador Juez Holden del tenebroso western de Cormac McCarthy “Meridiano de Sangre”. Todos estos personajes malvados tienen en común la exclusión de toda moralidad, debido en ocasiones a la oscuridad de sus circunstancias o a una formación personal, en la mayoría de los casos, corrupta.

 

 

No obstante, el mal al que debe enfrentarse el héroe aparece en los lugares más inesperados, creando así un ambiente de inseguridad y de peligro constante. Esa es la base en la que David Lynch se sostuvo cuando presentó en 1986 la provocadora “Terciopelo Azul“; una macabra, sensual y surrealista historia de suspense en el que se juega en todo momento con el quiebre de la utopía debido a una serie de acontecimientos que hacen que todo confort en un idílico pueblo californiano se convierta de pronto en un escenario digno de pesadilla.

 

La acción transcurre en el tranquilo pueblo de Lumberton, dónde un joven, Jeffrey Beaumont, descubre en un descampado una oreja humana infestada de hormigas. Tras llevarla a la comisaría local, Jeffrey decide emprender la investigación por sí mismo, comenzando así su particular viaje del héroe, y se convertirá en el voyeur de una cantante de ánimo triste y con una vestimenta identificativa de terciopelo azul. Sin embargo, tras tratar con la atribulada mujer, se cruzará con el que resultará ser el principal motivo de inquietud para la cantante y para el pueblo entero de Lumberton: el retorcido Frank Booth.

 

Para adentrarnos en la personalidad de Frank Booth, la Sombra de esta historia, es necesario puntualizar que nos encontramos ante un personaje alejado de cualquier clase de redención. Booth es el hombre que ha secuestrado al marido y al hijo pequeño de la cantante y, por ello, la tiene a su merced, sometiéndola a diversas humillaciones, violándola y maltratándola física y psicológicamente sin ninguna clase de pudor. Aun con todo ello, Frank, con la ayuda de su séquito de maleantes (lo que vendrían a ser los temidos Guardianes del Umbral), harán lo posible para sembrar el caos por doquier y corromper la paz que identifica el pequeño pueblo de Lumberton.

 

El carácter que muestra Frank a lo largo de su maquiavélico viaje no es sino algo que va más allá de las circunstancias en las que este se encuentra; es obsesivo, trata de hacer daño al mayor número de gente y, para actuar, al igual que Alex DeLarge en “La Naranja Mecánica” de Stanley Kubrick, el personaje se sirve de las drogas para llegar a un clímax de excitación que lo llevará a cometer diversas atrocidades sin tener en cuenta el dolor ajeno (esencialmente) ni las consecuencias de sus actos. En la película, Booth es tan instintivo como un animal, un depredador, un ser que promociona su libre albedrío para destruir todo aquello que conlleve un mínimo nivel de belleza dentro de su misma sociedad.

 

Pero no solo ejerce Frank Booth el mal por el mal; el apetito sexual de este juega en sí un papel significativo dentro de su personalidad. Una vez inspira su droga en la mascarilla que siempre lleva consigo, el instinto se dispara y automáticamente se convierte en un ser infantil al que se le ofrece la oportunidad, casi necesaria, de tener sexo. “Papá quiere follar” lloriquea una y otra vez, mientras acaricia el vestido de terciopelo azul de la cantante, combinando así su obsesión infantiloide e inocente con la tragedia de un hombre despojado de toda dignidad y humanidad.

 

 

El héroe de esta extraña aventura, Jeffrey Beaumont, será quién tenga que poner fin al caos que va sembrando Frank. En un primer encuentro, el joven será en un principio otra víctima de este despiadado villano y se verá conducido en un macabro paseo en el que observará, como presentación de su némesis, toda la violencia de sus actos tanto con Jeffrey como con la atribulada cantante.

No obstante, la violencia inherente de Booth llegará a su cénit. Tras haber golpeado incesantemente a Jeffrey al final del paseo, no quedará contento con ello y violará a la cantante, dejándola desnuda y llena de moratones en la calle. Es a partir de este punto cuando Jeffrey decide poner fin a este conflicto.

 

 

El duelo final del héroe con la sombra se llevará a cabo en el apartamento de la cantante, donde encuentra Jeffrey el magullado cadáver del marido de la cantante y el cuerpo electrocutado del teniente de policía. Booth, alertado de que Beaumont se encuentra en la casa, lo busca completamente desquiciado, advirtiendo después de rastrear el lugar que este se esconde dentro del armario. Sin embargo, no sabe que a Jeffrey le ha dado tiempo a coger la pistola del oficial y que le dará muerte nada más abrir la puerta. Finalmente, el villano, el sádico Frank Booth, recibirá un disparo en la cabeza y su reinado de terror en el pacífico pueblo de Lumberton llegará a su fin.

 

La lucha entre el bien y el mal puede ejecutarse en los lugares más inesperados. Parte de la inquietud de David Lynch para narrar esta truculenta historia viene a raíz de este factor, lo que le lleva a realizar un estudio exhaustivo de la naturaleza del mal. El resultado: Frank Booth, un hombre sin moral, sin remordimientos, que agrede o bien por placer o bien por una extraña necesidad. Sin embargo, lo que le lleva a hacer todo lo que hace es un misterio, lo cual crea en su carácter un halo de maldad más verosímil si cabe y, por consiguiente, más oscuro y tenebroso.

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