CRÍTICA DE “EL RENACIDO”

el renacido

 

En la superficie de la última obra de Iñárritu navega un relato épico de deshumanización, un descenso agotador a un infierno existencial, pero sin un Virgilio que establezca un rumbo claro en la travesía.

 

 

La respiración de Hugh Glass, interpretado por el reciente ganador del Óscar a Mejor Actor Leonardo Di Caprio, abre el relato, advirtiendo al espectador acerca del tour de force en el que está a punto de sumergirse. Segundos después, Emmanuel Lubezki mediante, tiene lugar una set piece de acción que sirve tanto para sentar las bases de lo que depara el excesivo metraje que queda por delante como para anticipar cuál será la debilidad que hará cojear esta mastodóntica epopeya; el conflicto entre colonos y nativos en el siglo XIX, esbozado a grandes trazos y desde una postura ambigua, es el leit motif que subyace en la historia, pero, al menos para mí, supone un obstáculo en el desarrollo del filme, claramente construido desde los ojos y la mente de Hugh Glass. Respecto al personaje y a pesar de ir en contra de la unanimidad que premió a DiCaprio hace apenas dos semanas, Iñárritu se rinde al exhibicionismo y aboca al histrionismo al actor en muchas situaciones que resultan contraproducentes en el conjunto de la película, ya que resultan incompatibles con otras que demuestran una sensibilidad hacia el personaje propia de las primeras películas del director mexicano (véase la relación de complicidad que surge entre Glass y el nativo que le cede comida y le acompaña en el inicio de su ‘renacer’).

 

 

Por un lado, la crudeza en la exposición de la violencia de escenas como el impresionante ataque del oso, capaces de dejar sin respiración a un espectador impresionable como un servidor, parecen encajar con la pirotecnia visual de secuencias como la coreografiada batalla que abre el filme, propias de un blockbuster nada desdeñable. Sin embargo, las evidentes aproximaciones al cine de Malick y su exploración del espacio en busca de la trascendencia o las similitudes con Tarkovsky en escenas oníricas que tratan de crear una introspección en la psicología del personaje, resultan incongruentes en el grueso de la película, por lo que se antojan como un intento por mantener su identidad de autor.

 

La narración respira innecesariamente en muchas ocasiones y las pretensiones de interrogación metafísica, por falta de concisión y claridad en su postura ideológica, no logran trascender, pero la fisicidad y el realismo que logra en las mejores partes del filme prueban lo que Iñárritu puede conseguir si su ego se lo permite.

 

Daniel Molina

 

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