NEGATIVO GANADOR: Resonancias

RESONANCIAS

El mar redentor

 

“El mar. La mar.

El mar ¡Solo la mar!”

Rafael Alberti

 

 

En el año 404 a. C. tiene lugar la conocida como ‘Expedición de los Diez Mil’: un ejército de mercenarios griegos reclutados por el príncipe Ciro el Joven se internan en el imperio persa para arrebatar el trono al hermano mayor de Ciro, Artajerjes II. Sin embargo, la revuelta resulta en desastre y, spoiler alert, Ciro el Joven muere, explicando así también el hecho de que no llegara a ser recordado como Ciro el Viejo. Los griegos no tienen ya ningún motivo para continuar en tierras extranjeras y deciden volver a Grecia en una odisea continuamente torpedeada por persas y salvajes. Todo este periplo fue recogido en la Anábasis del historiador griego Jenofonte, uno de los miembros y líder de la expedición en su vuelta a Grecia; destaca en ella el emotivo pasaje en que, el ejército griego, desde lo alto de una montaña y tras mucho tiempo vagando por tierras extranjeras, vuelve a ver el mar:

 

“Oyeron que los soldados gritaban: «¡El mar! ¡El mar!» («¡θάλασσα! ¡θάλασσα! / ¡Thalassa! ¡Thalassa!»), y que se transmitían el grito de boca en boca. Entonces todos subieron corriendo: retaguardia, acémilas y caballos vivamente. Cuando llegaron todos a la cima se abrazaban con lágrimas los unos a los otros, generales y capitanes.”

 

 

Para los antiguos griegos la importancia del mar resultaba algo incuestionable: no solo suponía un medio de expansión económico sino también político y cultural. Gran parte del poder militar de la Antigua Grecia se encontraba en su flota. Los griegos construyeron su vida en torno al mar, hicieron de él su hogar.

 

 

Una catarsis como la del ejército griego se repite más de veinte siglos después cuando el joven Antoine Doinel alcanza el mar al final de Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, François Truffaut, 1959) (Fig. 1), un mar cargado de valor simbólico, que representa la libertad, la esperanza, la felicidad al fin y al cabo, y cuya consecución es deseada tanto por el protagonista como por el espectador, un mar al que Doinel llega inmediatamente antes de ese famoso congelado de la imagen que nos conecta instantáneamente con él. La felicidad de Antoine Doinel -por supuesto, temporal- queda, por medio de un congelado, suspendida en el tiempo.

 

 

(Fig. 1)

 

 

Sobre la fugacidad de la felicidad, y recuperando esa idea del mar como espacio de la libertad y la esperanza, encontramos otra película francófona cuyo protagonista además se vincula de forma directa con el Doinel de Los cuatrocientos golpes: es el caso del Steve Després de Mommy (Xavier Dolan, 2015).

 

 

La película de Xavier Dolan juega con su aspect ratio que pasa del 1:1 al 1.85:1 en algunas secuencias concretas: los personajes pasan así de estar literalmente encerrados a ocupar toda la pantalla, estos momentos quedan reservados para un espacio que podría ser entendido como el espacio de la (efímera) felicidad y, entre ellos, de nuevo un instante con el mar como protagonista (Fig. 2).

 

 

(Fig. 2)

 

 

Tanto el Antoine Doinel de Truffaut como el Steve Després de Dolan son dos niños conflictivos, en busca de la libertad, de la felicidad. Son unos personajes marcados por una continua huida y su viaje es uno empedrado, como lo fuera el de los griegos de la expedición de Jenofonte. La vida de ambos, Doinel y Després, es una huida hacia la libertad. Ambas historias concluyen así con una fuga del respectivo centro de internamiento en el que son ingresados, con una carrera hacia la libertad.

 

 

Las vidas de Doinel y Després son como dos ríos que fluyen paralelos; en versos de Jorge Manrique: “nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir.”

 

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