CRÍTICA DE “LANGOSTA”

La idiosincrasia de las relaciones de pareja según Yorgos Lanthimos

 

Con el premio del Jurado en la pasada edición del Festival de Cannes bajo el brazo y la división total de la crítica, Langosta ha aparecido en nuestras salas causando todo tipo de sensaciones menos indiferencia.

 

 

Y no es para menos, el director Yorgos Lanthimos ya nos dejó atónitos con su magnífica Canino (2009) y su “sleeper” Alps (2011), volviendo a repetir la fórmula a la que el director nos tiene acostumbrados mediante la presentación de entornos opresivos y enfermizos en los que observamos atónitos la situación a la que se ven sometidos sus protagonistas. Muchos han definido el cine de Yorgos Lanthimos como “La colocación de personajes en entornos opresivos y la observación de su sufrimiento durante el resto del film”, y viendo Langosta esta afirmación no se aleja demasiado de la realidad.

 

 

En esta ocasión la propuesta de Langosta es más (si cabe) excéntrica que la de sus anteriores films:

 

En un futuro distópico la vida en pareja es la única vía de existencia posible, de manera que los solteros son enviados a centros donde se les obligará a encontrar pareja antes de un periodo de 45 días, si no lo consiguen, serán convertidos en un animal.

 

Valiéndose de este arriesgado argumento y mediante el seguimiento de nuestro protagonista, interpretado por un Colin Farrell en estado de gracia, la película indaga en primera instancia en sus personajes para pronto pasar a la cruda, pesimista y desgarradora visión del director sobre las relaciones de pareja, el miedo a la soledad y el miedo al compromiso. Salpicado con un humor negrísimo y ácido, combinado con momentos “made in Yorgos Lanthimos” violentos, enfermizos y extraños que funcionan perfectamente durante una primera mitad de película impecable, con un guion solvente y una dirección sobria pero tremendamente efectiva.

 

 

Sin embargo, la película muestra sus carencias en un cambio de planteamiento hacia algo más convencional durante su segunda mitad en la que aparece una Rachel Weiz en un papel contenido en comparación al desfile de personajes esperpénticos de la primera mitad. A pesar de la aparición de nuevos personajes y entornos, esta segunda mitad resulta menos inspirada, se desinfla repitiendo las fórmulas de la primera mitad pero de manera vaga o incluso forzada en ocasiones, lo que produce un decaimiento irremediable de la película cuya tesis se ve demasiado enfatizada durante esta parte del film, que pese algunos picos de genialidad hacen que el interés del espectador caiga en picado. No es hasta sus últimos veinte minutos y su escena final, cuando los atisbos de brillantez mostrados durante su primera parte vuelven a surgir con una fuerza increíble (La incomodidad y sensaciones que se respiraban en la sala durante la escena final de la película merecen el precio de la entrada)

 

Y es al ver el final cuando comprendemos la tesis del film en su totalidad (desesperanzadora y conmovedora a partes iguales), y es aquí cuando podemos entender cómo los mecanismos que han “hundido” la película en su segunda mitad eran necesarios para defender la idea que la película plantea a través de la reiteración para mostrar las tres bandas de un mismo tema.

 

 

Es curioso cómo la parte más arriesgada de Langosta es la que funciona y la más “cercana a lo convencional” es la que hace decaer la película. Quizás un énfasis mayor en la primera parte y menos en la segunda hubiera acabado por crear una película redonda, por otra parte quizás la reiteración habría acabado por destruir una primera parte casi perfecta.

 

La cuestión es, al fin y al cabo, que la tesis de Langosta acaba por comerse a la película en su segunda mitad sí, pero (todo hay que decirlo) la tesis del film es increíblemente buena. Sin embargo, si el espectador no está dispuesto a sacrificar el interés narrativo de su segunda mitad estará “condenado” a una segunda parte que se acerca al tedio y a la no progresión, pero indudablemente podrá disfrutar de una primera parte genial basada en una idea arriesgada, enfermiza e indiscutiblemente brillante. En cambio si el espectador sacrifica el interés narrativo del film por la indagación en los temas que la película plantea estará de suerte, pues podrá disfrutar de un film arriesgado, reflexivo, críptico, ambiguo y enfermizo que se acerca en ocasiones a la maestría.

 

Daniel Belenguer Guerrero

 

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