NEGATIVO GANADOR: Cine polémico

MAYBE THE NEXT ONE

 

 

…el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe, una hoja cuya rama no existe, un mundo cuyo cielo no existe… – Luis Cernuda

 

El deseo es como las vías de la montaña rusa cuando se acerca la bajada. Es un motor que atrae a sus víctimas, desprovistas de voluntad, y se hace amo de todas las esquinas de la pared a las que poder mirar, el significado de todas las canciones que suenan cuando tienen que sonar y la incoherente coherencia de este mundo. El deseo devora tu habitación, se alimenta de ti, pasa a formar parte de ti. Crash (1996) de David Cronenberg, basada en la novela homónima de J.G. Ballard, es probablemente uno de los más elegantes retratos de lo que yo llamo las víctimas de lo exquisito, las que siempre han interiormente deseado la exaltación del todo, que viven sumergidas bajo el agua por el placer de la asfixia, que mueren sin morir del todo cuando sienten el deseo de algo que sobretodo no se entiende.

El film trata esta paranoica adicción y obsesión al escalofrío a través del universo de nuestros libertinos personajes, universo en el que los accidentes de coche, las carrocerías quemadas, el olor a carne y sangre metálica son ese oscuro objeto de deseo. Funciona como una droga. James Ballard (James Spader) se ve irremediablemente atraído hacia la más trágica relación con el deseo, cuando su droga es llevada ante él y se ve involucrado en un verdadero accidente de tráfico. Como suele pasar que los locos se encuentran, él y su mujer, Catherine (Deborah Kara Unger) acaban relacionándose con otro grupo de adictos que acepta y vive por su adicción. Entre ellos, Helen (Holy Hunter), superviviente del accidente en el que James se ve involucrado, y la demacrada y misteriosa figura de Vaughan (Elias Koteas), quien tal que un profeta promulga el impacto de los coches no como acto destructivo sino como acto de fecundación, como una liberación de energía sexual imposible de cualquier otro modo. Así, todos juntos, explotan sus perversiones, comparten delirios y obsesiones, códigos paranoicos y alucinatorios como el incremento del tráfico y se dejan llevar con una impasividad digna de nuestra época por esa “benévola psicopatología” que les llama, por el gélido aliento del deseo implantado como una semilla bajo la piel.

 

Catherine, mientras se acuesta con James

 

Cronenberg nos hace partícipes y voyeurs de una fría intimidad mediante la cual accedemos al respirar del motor, a sentir parte del tacto del metal, a formar parte del asiento del copiloto y a la desnudez emocional de los personajes, impulsados por su propia filosofía y que, resignados a su tragedia, acuden siempre a una dosis más alta. Ocurre un tratamiento similar de la adicción en el personaje de Pedro en Arrebato (1979) de Iván Zulueta, tomando como objeto de deseo el dispositivo cinematográfico y la necesidad de capturar un cierto algo, una cierta verdad, un cierto éxtasis en la película filmada, y en Peeping Tom (El Fotógrafo del Pánico, 1960) de Michael Powell, a través de la necesidad de capturar la esencia pura del miedo. Parece que al final la exaltación del todo tiene siempre un alto precio a pagar y todo desemboca en la fatalidad que lleva consigo la siempre insuficiente inocencia del deseo.

 

Helen y Gabrielle (Rosanna Arquette) viendo “pornografía” de impactos de coches

 

Pero Crash decide no darle un final redentor a esta vieja historia, no hay cura. Partiendo de una visión extremadamente romántica, respeta el deseo y expone los errores por cometer, los que se quieren cometer. Nos descubre los placeres de un mundo secreto y prohibido. Tras el impacto lo único que cabe desear es un impacto mayor y un estremecer mayor, hasta llegar, si hace falta, hasta el contacto con la muerte. El castigo es la eterna insatisfacción de quien es víctima y verdugo de su propia ambición. Entonces el muerto se convierte en quien no puede soportar tanta vida, el adicto en quien no puede soportar tanto placer. Estancados en tal infierno de soledad, en este terrible reflejo de una sociedad enferma, anhelante y temerosa de su propia destrucción, se plantea a la posibilidad de que, quizás, la próxima vez consigamos aprehender el deseo y a través de la destrucción consigamos el preciado escalofrío. La condena y la salvación son elementos secundarios.

 

 

María Fernández Daranas

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