CRÍTICA DE «EL CLUB»

“Y vio Dios que la luz era buena, y separó a la luz de las tinieblas”

 

A lo que Pablo Larraín responde:

 

“Yo creo que siguen juntas”

 

 

En una casa de un pequeño pueblo de costa chileno conviven cuatro antiguos sacerdotes y una mujer. Pasan el tiempo paseando, apostando en carreras de galgos y rezando. ¿Quién diría pues, que estas personas están pagando por sus pecados? Un día aparece un hombre en la casa que cambiará y hará peligrar la tranquila vida de nuestros protagonistas y a su vez, hará que nos cuestionemos a costa de qué y hasta qué punto puede llegar el abuso de poder de ciertas instituciones.

 

 

Ganadora de un Oso de Plata en el 65º Festival Internacional de Cine de Berlín y seleccionada para representar a Chile en la próxima edición de los Oscar, El Club de Pablo Larraín se erige como una de las grandes propuestas fílmicas de este año.

 

Si hay algo -aparte de la propia trama- que cabe destacar de este largometraje, esa es sin duda alguna la fotografía, a cargo de Sergio Armstrong, que tiñe las imágenes de un tono azulado y triste, creando una atmósfera lóbrega, apagada, durante los 98 minutos que dura la película. Esta atmósfera acompaña adecuadamente el tono, así como acompaña el uso del gran angular en los primeros planos de los personajes a la psicología de estos, dando a las conversaciones un aire de interrogatorio y deformando ligeramente las caras, que casi parecen caricaturas. Por otro lado, la dirección de actores de Larraín tampoco se queda corta, trabajando con nombres ya habituales en sus proyectos como Alfredo Castro, Alejandro Goic, Antonia Zegers o Alejandro Sieveking.

 

Pero si algo consigue esta película, aunque no lo quiera, es denunciar. Denunciar, como hemos dicho antes, el abuso de poder de ciertas instituciones, en este caso la iglesia, que actúan a su propia conveniencia para salir siempre airosos de los crímenes que cometen.

 

“A mí me fascina que la Iglesia no crea en la justicia civil, y que solo Dios pueda juzgar sus pecados. Pero no quiero hacer una película ni un discurso de denuncia. Me parece curioso que hoy en día la Iglesia solo tenga un miedo, y que sean los medios de comunicación.” (Pablo Larraín)

 

La trama, en constante crescendo, nos irá descubriendo poco a poco que esos hombres mayores, inofensivos, son en realidad pederastas, ladrones, agresores, que han vivido en crimen y pecado, y que a pesar de tener la realidad ante sus narices, no sienten ni la más mínima necesidad de redimirse, de hacer penitencia ni de conseguir el perdón del hombre, dando por sentado que ya tienen el de Dios.

 

 

Así pues, la película nos muestra una realidad no solo presente en Chile, sino alrededor del mundo. Una muestra dura, dolorosa y necesaria. Una película cuyos diálogos nos azotarán en la cara, cuyas imágenes deleitarán a nuestros ojos, y cuyo mensaje perturbará nuestras mentes, arrojando tal vez un poco de luz sobre asuntos que han permanecido siempre en las sombras.

 

Una película que duele.

 

Cristina Neira Aparicio

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *