CRÍTICA DE “EL PUENTE DE LOS ESPÍAS”

Tom Hanks en El puente de los espías
Tom Hanks en “El puente de los espías”

 

Steven Spielberg vuelve a la gran pantalla con una historia basada en hechos reales y ambientada en el contexto de Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Un abogado de Brooklyn llamado James Donovan, interpretado por un correcto Tom Hanks, es elegido como abogado defensor del espía ruso Rudolph Abel, personaje al que da vida Mark Rylance -quizás la sorpresa más agradable de todo el film-, no sin consecuencias. Al mismo tiempo, uno de los aviones de la CIA que estaban espiando territorio ruso con nueva tecnología es derribado y Francis Gary Powers (Austin Stowell, interpretación sin pena ni gloria), el piloto, cae en manos del enemigo soviético. En ese momento deberá actuar Donovan, ya que se iniciará un juego de negociaciones para intercambiarse los prisioneros en el puente de Glienicke en Postdam, Alemania; de ahí el original nombre de la película.

 

 

Sin lugar a dudas, la primera media hora de película es la parte más remarcable del film: Nos introduce a la trama manteniendo nuestro interés des del primer minuto mediante una fotografía impoluta y, sobretodo, la audaz ausencia de diálogos. Después también podemos ver un repunte respecto las últimas películas históricas del director, especialmente por los toques de humor y fluidez que desborda un guión firmado por Matt Charman y los hermanos Ethan y Joel Coen, coherentes con su debacle suave, no exasperante.

 

Por otro lado, las obviedades y clichés lógicos del argumento son insalvables. Los ejemplos son varios, pero pasa principalmente por la figura del abogado, héroe solitario y brillante, odiado por medio país al defender a un enemigo de la nación; pero que después resulta ser un visionario que se puede redimir gracias a los reveses de la política penitenciaria. El giro, que ofrece un cambio de visión alrededor del principal protagonista, mantiene la atención pero recurre a un truco manido.

 

 

También hay que tener en cuenta que el maniqueísmo del relato empaña los méritos del mismo: La casualmente hegemónica y cruel Norte América es presentada, por enésima vez, como compasiva y benévola ante el traidor espía ruso, contrastando en la paleta de colores con una Unión Soviética tradicionalmente malvada y fría, que tortura y juzga al pobre piloto estadounidense envolviéndose en unas localizaciones y colores grisáceos, inquietantes, y una serie de escenas típicas que nos hacen sentir orgullosos de estar en el otro lado del muro, en el cual –cómo no!- hay democracia y libertad.

 

Obviamente es una historia bien contada, correcta, pero que no va más allá porque Spielberg se encharca, de nuevo, en ese patriotismo americano reiterativo y los clichés funcionales. Se podría decir que, para tratarse de una película de espías, hay poca inteligencia, y que Spielberg se queda a medio camino en este puente.

 

Iris Escartín

 

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