NEGATIVO GANADOR: Hitchcock. Los secundarios de sus películas

Hoy: Extraños en un tren (1951) y Los 39 escalones (1935).

 

 

En el cine como en todas partes hay manías y maniáticos. Todos las tenemos pero hay una raza profesional en concreto que se lleva la palma. Los directores. Y entre los directores, el más palmeado es sin lugar a duda, Alfred Hitchcock.

 

Es habitual en la filmografía del curvilíneo director británico, la repetición de ideas o conceptos desarrollados hasta su fin lógico, que suele llegar con la muerte. Sus leitmotiv eran repetidos y explotados hasta niveles que interesarían a cualquier psicoanalista. Por ejemplo, la asiduidad con que narraba historias en las que un personaje inocente parecía culpable y/o la relación que existe entre madre e hijo son unos de esos leitmotiv.

Ese último concepto, tan humano y natural, Hitchcock lo trata con sordidez en varios de sus filmes. En películas, como “Los Pájaros”, “Psicosis” o “Extraños en un tren” encontramos ejemplos de ello, pero hoy nos centraremos en el último de los filmes citados y, en un ejemplo muy concreto de la película precursora de “Con la muerte en los talones”, “Falso culpable” o “Frenesí” entre otras. Hablo de “Los 39 escalones”.

 

El ejemplo de “Extraños en un tren” lo vemos y analizamos a través del personaje secundario que juega Mrs Anthony, la madre de Bruno, el asesino sociópata del filme.

 

Bruno es un niño rico de clase alta de Washington, que se aburre y sólo piensa en como encontrar la forma de matar a su padre sin ser descubierto, para hacerse así con el control económico de la familia y evitar su encierro en el centro psiquiátrico que su padre propone y su madre rechaza, porque ésta cree que Bruno es un simple muchachito con ideas descabelladas. (Como apunte, diré que el personaje de Bruno, está mínimamente adaptado, o mejor dicho, calcado en la cuarta temporada de “American Horror Story, Freak show”. Además se llama igual si no recuerdo mal).

 

 

El papel de la madre sobre protectora, pánfila, lerda e inconsciente lo representa la actriz de Broadway Marione Lorne, conocida por sus papeles en “El graduado” y la serie de televisión americana “Embrujada”. El papel de Mrs Anthony, es muy modesto y pequeño en comparación al de su hijo, pero la secuencia donde aparece con Bruno en la mansión donde viven, es suficientemente poderosa en contenido para “entender” los conflictos de esa familia, los de esa relación hitchcockiana y en concreto, la psicopatía de Bruno, interpretado por Robert Walker.

 

 

Es una relación claramente enfermiza, ya que Mrs Anthony está visiblemente enamorada de su hijo y lo trata como si aún tuviera cinco años; le quiere y le mima hasta el punto que sería capaz de pasarle por alto todo tipo de atrocidades. Por ejemplo, Mrs Anthony plantea a Bruno las dudas sobre un plan que tiene de hacer estallar la Casa Blanca, a lo que él responde con una sonrisa: “¿Mamá… no seas tonta. Qué iba a decir el presidente?”.

 

 

Lo lógico después de esa respuesta de paciente de sanatorio mental, sería hacerle caso al padre y llevarlo al centro psiquiátrico más cercano, pero en vez de eso, la madre opta por reírse y seguidamente ponerse a hablar de su recién adquirida afición a la pintura. Afición que usa como vía de escape para obviar los problemas de su vida, aunque sea incapaz de verlos.

 

 

La realidad es que tiene un asesino psicópata por hijo y el terror de aceptar ese hecho es lo que le da fuerzas para comportarse de la manera en que lo hace.

Luego, la conclusión lógica es, que Bruno no sería así de tener ese tipo de madre, Patricia Highsmith no habría escrito la novela y Alfred Hitchcock no la hubiera adaptado para la gran pantalla. Así que una vez más, comprobamos que los personajes secundarios, como en nuestra propia vida, tienen la misma o más importancia que nosotros, sólo depende del punto de vista con que los miremos.

 

 

El otro ejemplo es menos escabroso, ya que es una historia de amor y aventuras donde obviamente hay personajes malvados, pero no psicóticos, donde las coincidencias juegan su papel más importante.

Se convirtió en uno de los argumentos más recurrentes del director, donde al personaje principal que el público conoce como inocente, le suceden una serie de acontecimientos, casi todos por azar, que reman en su contra y a favor de la falsa culpabilidad del mismo. En este caso, Hitchcock nos ofrece el espía-autor de un asesinato que ni es asesino ni es espía. Sólo un hombre que estaba en el sitio y lugar equivocados.

 

El protagonista recae sobre Robert Donat (Richard Hannay) y el ejemplo tiene lugar al comienzo de la segunda mitad del filme, en un momento más relajado, en tierra de campos, un escenario alejado temporalmente del peligro que les persigue a él y a su compañera de viaje, Madeleine Carrol, en el papel de Pamela.

Por la noche, después de despistar a los policías del tren, Hannay, llega a Escocia, concretamente, a una granja alejada del bullicio del pueblo, donde en un principio no hay peligro que nadie le identifique ni le siga. Y es en estas situaciones donde la sabiduría de Hitchcock para hacer que la historia continúe, no conoce parangón.

Basándose en una leyenda africana que éste cuenta a Truffaut en su libro, sitúa como antes mencioné, a Hannay en un marco más relajado pero no exento de peligro, una granja a las afueras de un pueblo escocés. La granja pertenece al viejo Mr. Crofter (John Laurie) y a su mujer, la joven Mrs. Crofter (Peggy Ashcroft).

 

Mr. Crofter es un religioso, avaro y taciturno campesino que trata a su joven mujer como al ganado. Una vez dentro, se sientan a la mesa para cenar. El dueño no aparta la mirada de Hannay, Hannay no aparta la mirada de la mesa donde hay un periódico que le incrimina como “falso asesino”, y Mrs. Crofter que no puede apartar la vista de Hannay, le pone “ojitos”.

En un instante, Mrs Crofter advierte el periódico de encima de la mesa y hace saber a Hannay con la mirada que no corre ningún peligro. Mr. Crofter ve esa mirada cómplice entre los dos y la interpreta como un acto de flirteo entre ellos, pero el avaro campesino no dice nada. Su joven mujer le conoce bien y sabe que él les ha visto y lo que hace la situación más interesante, si cabe, es que la mujer y el espectador no están seguros al 100% de qué es lo que ha visto el dueño. Si el periódico o la mirada cómplice.

 

     

 

De todas maneras, Mrs. Crofter se anticipa a su marido y manifiesta su atracción por Hannay, -que en realidad es atracción por lo que Hannay representa. Ella siente nostalgia de la ciudad y amor por la misma pero odia al campo y a su marido-, entregándole el abrigo de los domingos de Mr. Crofter para despistar visualmente a sus perseguidores, cuando Hannay se haya marchado de la granja.

Es así como comienza de nuevo la persecución y el filme continúa después de esta maravillosa secuencia de transición.

 

Si queréis saber como sigue la historia os insto a que miréis esta obra de arte y muy entretenida película, así como “Extraños en un tren”. Pero ya os lo podéis imaginar: suena la música de persecución de Benny Hill y el filme vuelve a su cauce de Perseguidor (representado por la policía) detrás del Perseguido (Hannay y Pamela). Pero obviad a Benny Hill, sólo recordad que el cine imita a la vida y Alfred Hitchcock era más que consciente de ese hecho.

 

Hasta el próximo Hitchcock. Los Secundarios de sus películas: “Con la muerte en los talones”(1959) y “La ventana indiscreta” (1954).

 

 

 

Albert Rodríguez

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