NEGATIVO GANADOR: Las cabras de Hitchcock

La gran caza del tiburón.

 

 

Tras varios minutos debatiendo conmigo mismo sobre cómo debería empezar a escribir sobre Hunter S. Thompson, al fin he hallado la respuesta. Bueno, sólo a medias. “Debes de comenzar con una primera frase excelente”, me he dicho. Un par de oraciones que atrapen a quien lea esto como un anzuelo de púas engancha a un marlín, obligándole a dar violentos coletazos en su intento por zafarse, pero sin conseguirlo.

 

Buscaba algo que pudiera golpear con la fuerza de un martillo, pero que a la vez fuera lírico, como cuando Nabokov escribe: Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Alguna cosa del tipo: Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera, de Tolstoi. O algo, si me lo permiten, más arrollador todavía, como el principio del Aeropuerto de Hailey: A las seis y media de la tarde, un viernes de enero, el Aeropuerto Internacional de Lincoln, estado de Illinois, funcionaba, pero con dificultades.

 

Ante la incapacidad de escribir esta frase por medios propios no me ha quedado otra opción que la del hurto literario. La respuesta no andaba lejos; una cita del propio Thompson en la contraportada del libro que tengo sobre el escritorio:

 

Lejos de mi la idea de recomendar al lector drogas, alcohol, violencia y demencia. Pero debo confesar que, sin todo esto, yo no sería nada.

 

Cuando se produjo mi primer encuentro con Thompson, yo no tenía ni idea de quién era. De haberlo sabido hubiera podido parafrasear a Henry Stanley, y declamar en mitad de una desierta librería de Terrassa: el doctor Thompson, supongo. Una frase ingeniosa echada a perder, una pena. En cualquier caso, la fotografía de aquel tipo que fumaba con boquilla y lucía un sombrero de ala ancha, estilo cowboy moderno, y que parecía mirar con inmenso desprecio al mundo desde la portada de un compacto de Anagrama (todo ello aderezado con los colorines propios de una imitación de serigrafía warholiana) me cautivó. El título del libro era igualmente fascinante: La gran caza del tiburón; y el subtítulo (que no han respetado en su traducción al castellano) Strange Tales from a Strange Time. Ciertamente se trata de historias extrañas, propias de un periodo igual de desconcertante. La resaca de la década de los sesenta empezaba a amanecer sobre Norteamérica, y casos como el Watergate y similares no podían sino empezar a producirse, multiplicarse y agrandarse; como un gran cáncer. Pero ya llegaremos a esto. De momento acotemos un poco la figura de Thompson.

 

Para aquellos que, como yo hasta hace bien poco, sean neófitos en el universo de este personaje, ahí va una suerte de rápido resumen sobre quién era el tipo:

 

Nace en Estados Unidos en 1937. Tras un breve periodo en el ejército y de realizar trabajos pequeños como periodista deportivo, rápidamente se consagra como uno de los puntales de lo que vendrá a ser llamado el Nuevo Periodismo. Hacia mediados de los ’60 empieza una actividad frenética como articulista, colaborador, corresponsal, llámenlo cómo quieran, en revistas como la Rolling Stone y la Playboy. En las páginas de estas publicaciones comienza a desarrollar y madurar un concepto que él mismo inventa, o al menos bautiza, el periodismo gonzo. Que no es otra cosa que la inmersión total del periodista en los ambientes y situaciones sobre los que escribe. Un cambio de paradigma, en la que el reportero pasa de mero espectador a participante y desencadenante de la acción.

 

Para que se hagan una idea, vendría a ser el precursor de gente tipo David Foster Wallace (y no solamente por el hecho de que ambos acabaran suicidándose). Un periodista al que le asignan un trabajo de encargo (cubrir la precampaña electoral de R. Nixon, seguir a Jean-Claude Killy en su tour comercial para la General Motors, hacer una crónica sobre una academia de formación de pilotos militares, y cosas por el estilo), pero que halla la manera de desbordar el tema nominal impuesto por su premisa, no quedándose en la mera descripción de lo que ha visto, sino extrayendo valoraciones de fondo y forma sobre su propio país y sus gentes. Pero basta ya de mi cháchara estilo wikipedia, me aburre hasta a mí. Lo mejor para que se hagan una idea de quién era Thompson y de la naturaleza de su trabajo, es cederle la palabra a Tom Wolfe. Valgan este par de extractos de su libro El Nuevo Periodismo, para dar por cerrado este apartado.

 

A propósito de Bastoneando en Ole Miss, de Terry Southern, Wolfe escribe:

 

Fue el primer ejemplo que yo descubrí de una forma de periodismo en la que el reportero empezaba preparando un artículo de encargo     […], y acaba escribiendo una curiosa forma de autobiografía. No se trata de una autobiografía en el sentido usual, porque el escritor se ha puesto en situación sin otro motivo que el de escribir algo. El presunto tema […] acaba por ser puramente casual, y cuando el escritor se las ingenia para hacer tan fascinantes sus reacciones, al lector se le olvida. Hunter Thompson es el maestro de esta forma, a la que denomina Periodismo Gonzo.

 

Y unas páginas antes:

 

Pero el Premio Cojones de Hierro para escritores independientes a jornada completa correspondió aquel año a un oscuro periodista de California llamado Hunter Thompson, que “rodó” con los Ángeles del Infierno durante dieciocho meses […] con el objeto de escribir “Los Ángeles del Infierno: la Extraña y Terrible Saga de la Banda de los Motociclistas Proscritos. Los Ángeles escribieron el último capítulo por él al dejarle medio muerto a golpes en un parador a cincuenta millas de Santa Rosa. A lo largo de todo el libro, Thompson había estado buscando el ángulo psicológico o sociológico simple que le permitiese resumir todo lo que había visto, el simple y aúreo “aperçu”; y mientras estaba allí tumbado en el suelo escupiendo sangre y dientes, la frase que perseguía le llegó como un relámpago desde el corazón de las tinieblas: “¡Exterminad a todos los brutos!”.

 

Por último, y dado el enfoque que auspicia esta sección, no puedo dejar de recordar que la figura de Thompson ha sido varias veces llevada al cine; con mayor o menor fortuna., eso ya lo decidirán ustedes. La más conocida sin duda, es la adaptación que el ex-Monty Python Terry Gilliam hizo a finales de los ’90 de Miedo y Asco en Las Vegas. Una surte de novela semi-biográfica en la que Thompson da cuenta de sus excesos por la ciudad de los casinos, y que él mismo catalogó como un vil epitafio a la Cultura de la Droga de los años sesenta. Johnny Depp, el protagonista de aquella, se convirtió en amigo cercano de Thompson tras su experiencia preparando la película, para la que llegó a vivir varias semanas en casa del escritor. Trece años después, fue Depp el encargado de dirigir-producir-protagonizar Los diarios del ron, otro relato de excesos salido de la factoría Thompson.

 

La otra incursión de Thompson en el cine, al menos de las que tengo constancia, data de 1980: Where the Buffalo Roam. Bill Murray encarna a nuestro escritor drogadicto bajo la dirección de Art Linson, el que fuera productor de Los intocables de Eliott Ness y El club de la lucha. Poco o nada más puedo decirles de esta película. No la he visto. Cuando lo haga es probable que deje caer por aquí una o dos frases.

 

Pero vayamos al meollo del libro. La gran caza del tiburón, se compone de varios de los artículos más emblemáticos que Thompson redactó entre mediados de los ’60 y los primeros ’70. Ya he mencionado de manera escueta alguno de ellos. Aquel sobre Jean-Claude Killy, el multipremiado esquiador olímpico que recorre Norteamérica vendiendo coches Chevrolet; conjuntamente con O.J. Simpson, que pone la cuota para el mercado negro. Marlon Brando y la pesca reivindicativa de los indios, en el que da cuenta de la torpe injerencia por parte del actor en la lucha de los nativos estadounidenses por evitar la merma de sus zonas de pesca, y a los que ayuda más bien poco. Algo está fraguándose en Aztlan, una extensa y muy lúcida reconstrucción de los disturbios chicanos a partir del asesinato de Rubén Salazar; un estudio sobre la polarización salvaje que golpeó California a principios de la década de los ’70 y una indagación sobre el proceso de fabricación de un mártir. Pero de entre todos ellos, La gran caza del tiburón (no por nada da título a la antología) supone quizás la mejor manera de aproximarse a la figura de Thompson.

 

Hace rato que sobrepasé el límite de palabras que me habían asignado para esta entrada, así que trataré de ser breve a partir de ahora (¡ja!) y darles un par de pinceladas a propósito de este artículo.

 

La cosa va así. A principios de 1973 Thompson recibe una carta de Terence J. Byrne. Se trata del delegado de relaciones públicas de una empresa de yates que quiere encargarle un trabajo sencillo. Viajar hasta Cozumel, en la península de Yucatán, México, a fin de cubrir el inminente torneo de pesca deportiva que se celebrará allí; el cual está patrocinado por la susodicha empresa naviera. Todos en la redacción de la Playboy Magazine piensan que se trata para Thompson de la oportunidad de un conseguir un merecido descanso. Después de muchísimas semanas persiguiendo por toda la geografía yankee a Richard Nixon y a su comitiva electoral, la perspectiva de pasar diez días en la costa de Yucatán cubriendo un torneo de pesca para millonarios, se antoja como la mejor solución para que el reportero recobre fuerzas. Thompson acepta el encargo. Sin embargo, sus razones para hacerlo distan mucho de las que a priori parecen. Él ya había estado con anterioridad en Cozumel, y tenía un asunto pendiente de ser resuelto allí. Así lo explica:

 

… yo tenía, además, razones personales para querer volver a Cozumel. La noche antes de mi incursión con escafandra autónoma en los Arrecifes de Palancar, había guardado cincuenta unidades de MDA pura en la pared de adobe de la piscina de los tiburones del acuario local, cerca del Hotel Barracuda… y este tesoro no se había apartado de mi pensamiento […].

 

Así pues, Thompson pone rumbo a México (acompañado por su compinche de drogas Yail Bloor) con objeto de recuperar su alijo, y secundariamente escribir el artículo que le han pedido. Como es de esperar los problemas no tardan en aparecer.

 

El cliché de vacaciones locas y desmadre al sur de la frontera, gringos alcoholizados e idos de madre puede que no haya sido mejor descrito y capturado que por Thompson en La gran caza del tiburón. Tras su lectura, uno no puede sino darse cuenta que queda ya muy lejos la cándida visión de “juerga tropical” y fiesta amable que nos proponía Elvis diez años antes en Fun in Acapulco. Ese simulacro de farra en las lindes del otro hemisferio palidece ante un día tranquilo en el itinerario de Thompson y Bloor. Del mismo modo, las chiquilladas que Tom Cruise y compañía perpetran en Tijuana, aquellas que pudimos ver en el debut de Curtis Hanson (Ir a perderlo y perderse), quedan en eso precisamente, chiquilladas. Un grupo de adolescentes cuyo pico de delincuencia radica en beber cerveza, tirar petardos y lograr breves escarceos en prostíbulos de supuesta mala muerte. Casi puedo oír a Thompson riendo entre dientes: ¡Meros aficionados!

 

 

Un par de extractos del texto de Thompson y acabo, lo prometo.

 

Primero, un ejemplo de su labor descriptiva de los ambientes que halló en Cozumel:

 

Era exactamente el tipo de escena que yo estaba buscando: unos 35 blancos ricos completamente borrachos de sitios como Jacksonville y Pompano Beach, rondando por allí a media noche, en aquel puerto mexicano, con sus cruceros de doscientos mil dólares, maldiciendo a los nativos por no proporcionar suficientes putas adolescentes que hiciesen juego con la música de los mariachis. Era una escena de decadencia absoluta y me sentía allí como en casa.

 

Las últimas veinte páginas del artículo, abandonado ya el meollo propio del torneo de pesca, son una narración trepidante sobre cómo Thompson y Bloor huyen (literalmente) de Cozumel, haciendo lo imposible por no pagar sus facturas de hotel y dar esquinazo a la gente de Avis; durante su estancia allí han alquilado un Volskwagen Safari, que a stas alturas está destartalado y listo para entrar en el desguace. Llevan consigo también un pequeño alijo de drogas, que deciden acabar antes de reentrar en los Estados Unidos.

 

Mientras cruzábamos el estrecho del Yucatán a dos mil quinientos metros de altura, hicimos recuento de lo que nos quedaba: Dos unidades de MDA, seis pastillas de ácido, como gramo y medio de cocaína pura, cuatro rojitas y un puñado de anfetamina.

 

Y ahora, en lugar de seguir engrosando este artículo con palabras torpemente alineadas, callo de una vez y les invito a que vayan de viaje con el Dr. Thompson. Él les explicará todo esto mucho mejor que yo.

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