CRÍTICA DE “THE DEVIL’S CANDY”

The Devil’s Candy
The Devil’s Candy

 

WELCOME TO HELL

 

…and, well, I hope you all like heavy metal.

 

Seis años han pasado desde que el australiano Sean Byrne debutó en la dirección de cine con The Loved Ones, y este año ha vuelto a la carga con otro llamativo largo de terror: The Devil’s Candy.

 

Esta vez, con una propuesta algo diferente aunque siguiendo en la línea de filmes de horror, Byrne ha creado una pieza de trama tal vez clásica pero novedosa gracias al uso del heavy metal (sí, metal) no sólo como parte del argumento sino como recurso sonoro que te deja el culo pegado a la butaca y, cómo no, con los pies encima de ella. Así que como ya habréis adivinado, la frase que da inicio a este texto no es un fragmento de diálogo ni para nada parte de la película, sino una pequeña aportación, o advertencia, que el director hizo justo antes del estreno de The Devil’s Candy en esta 48º edición del Sitges Film Festival. (Aunque ya os aviso de que incluso si no os va el rollo heavy, en esta película os va a encantar.)

 

 

Jesse, el padre de familia, interpretado por Ethan Embry, en The Devil's Candy
Jesse, el padre de familia, interpretado por Ethan Embry

 

Una familia, cuyo padre e hija son grandes aficionados al heavy metal, se muda a la casa de sus sueños en Tejas, con suficiente espacio para que él, artista, pueda desarrollar su obra. Pero no todo lo que reluce es oro: al poco de mudarse sus cuadros empiezan a adquirir un tono más oscuro, intercambiando mariposas por encargo por rostros de niños aterrorizados y en llamas. Esta premisa, que se mueve entre el clásico de horror religioso-satánico y las casas encantadas, puede parecer algo a lo que ya estemos acostumbrados, sin embargo, funciona. Y es que la propuesta de Byrne no se queda atrás en cuanto a sonido se refiere. La banda sonora (que incluye a grandes como Slayer o Metallica) mezclada con una fotografía bastante impresionante si tenemos en cuenta el presupuesto de la película, hacen que la hora y media que dura el film fluya sin problema hasta un deseado final.

 

Cabe destacar también al malo de la película: un psycho-killer poseído por nada más y nada menos que Satanás, que nos recuerda a una especie de hombre del saco moderno, mucho más ‘hardcore’, y que nos tendrá en tensión constante durante gran parte de la proyección. Además, la sólida interpretación del personaje principal, Jesse, encarnado por Ethan Embry, así como la buena elección de la gama de colores y diseño de iluminación, nos ayudarán a disfrutar aún más de ese terror que tanto nos gusta, a pesar de lo predecible que pueda llegar a ser.

 

Y es que al fin y al cabo, si hay algo que nos guste a todos en una película de terror, es ese sentimiento contradictorio de diversión y pavor que hace que no te quieras ir de la sala, y que te pases días (al menos en el caso de una servidora) recomendando una misma película a todos tus compañeros de clase, familiares y amigos.

 

Cristina Neira Aparicio

 

 

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