NEGATIVO GANADOR: DOPPELGÄNGER

DE HOMBRES Y REFLEJOS

 

 

Un joven rapado, con el torso descubierto, habla a su reflejo en un lavabo. La cadena colgada a su cuello, las paredes y el mobiliario nos sitúan en su universo. Un lugar cuanto menos humilde. Es su furia la que nos asegura que además de humilde es un lugar injusto. Vincent Cassel se limpia la cara y se enfrenta a su yo con la dureza de quién pretende hacer explotar al mundo, con la inexperiencia de quién nunca ha podido enfrentarse a nada y cantar victoria. En la seguridad de su casa, se imagina a sí mismo como intocable. Es él contra su reflejo que se convierte, sobre un magnifico travell in frontal, en él contra nosotros. Su mirada, inicialmente dirigida al espejo, se vuelve una mirada a cámara. Una mirada a la sociedad. Es entonces cuando ese joven de bajo barrio francés, se enfrenta al mundo. “¿Me estás mirando a mí?”. Sí, lo hacemos. Es en ese momento, en el que todos los posibles puntos de vista convergen en él, cuando alza el brazo encañonándonos con su índice y corazón. Carga una bala de rabia y odio, tensa el pulgar y dispara. Eliminando absolutamente todo. Al mundo y a sí mismo.

 

La Haine

 

Quizás esta secuencia icónica en el film (que funciona como un tributo y referencia más que evidente a Taxi Driver de Scorsese), no es más que la profecía proclamada al espectador en voz baja, en un susurro, que realiza Mathieu Kassovitz para el personaje de Vinz en La Haine (1995). Sea como sea, la imagen es clara: Un joven amenazando su propio reflejo, viéndose a sí mismo como capaz de eliminar cualquier adversario. Incluso, y sobre todo, capaz de eliminar a la sociedad. Quedémonos con esta imagen.

 

Otro joven, esta vez Robert de Niro, disparó contra sí mismo y la realidad en la ciudad de Nueva York allá por el año 1976. Travis Bickle, taxista nocturno, mira su reflejo y amenaza con una pistola. Sin darnos cuenta, esta vez por corte, nos convertimos en el espectador amenazado. En el mundo que “le mira a él”, en aquello que le reta de forma constante en su vida. “Escuchad imbéciles de mierda, aquí hay un hombre que va a cortar por lo sano, un hombre que va a hacer frente a la chusma […] un hombre que acabará con todo eso”. Y la imagen no parece haber cambiado en todo este tiempo. En el 76 fue Scorsese (Taxi Driver) quien dibujó la silueta de un joven Neoyorkino marginal, que pretende convencerse a sí mismo de que es capaz de destrozar esa miseria, esa tristeza de existencia, que puede (aunque sea por una vez) estar por encima de lo que no es más que el resquicio mediocre de su propia vida. En el año 95 Matieu Kassovitz revive a Travis en el cuerpo de Vinz. Dos jóvenes, dos vidas marginales, dos habitaciones mediocres, dos espejos, pero un mismo reflejo. En él, un único gesto: el de querer destruir el mundo.

 

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Taxi Driver

 

Conozcamos ahora otro joven que se mira. Otro joven que delante del espejo, semidesnudo, imita los golpes de Bruce Lee. Quizás la forma en la que se transmite el sentimiento de necesidad de sobrevaloración, la urgencia de ser alguien, de enfrentarse a todo, no sea la misma que utilizan Travis y Vinz. Pero el joven Eddie Adams (Mark Wahlberg), antes de convertirse en Dirk Diggler, se observa y parece decirse: voy a follarme al mundo. Paul Thomas Anderson nos muestra, en Boogie nights (1997) otro joven desocializado. Otro pobre perdido, de orígenes humildes, que se moverá por una industria poco convencional como es la pornográfica. Y será la misma historia de superación, de crecimiento y de caída. De sobrevaloración y de injusticia. Si bien la violencia expresada con la simbología de un arma empuñada no es exactamente aplicable en este caso, es sencillo el paralelismo. La necesidad de auto aprobación, de superación mediante la referencia al sexo masculino en el contexto de la industria pornográfica. La herramienta con la que demostrar que no es un mierdas. Que puede vencer. Que puede follarse al mundo.

 

Boogie Nights

 

Y, sin ser capaz de evitar evocar esa imagen, en mi mente aparece Edward Norton cubierto de sangre. Justo después de haber destrozado la cara a Jared Leto, en un viejo y oscuro sótano. Edward Norton, en voz en off, piensa: “Sentía ganas de meterle una bala entre los ojos a cualquiera que se negara a follar para salvar su especie. Quería abrir las válvulas de descarga rápida de todos los petroleros y cubrir de crudo todas esas magníficas playas que yo jamás conocería. Quería respirar humo.” Brad Pitt, entre los miembros del Club de la Lucha (David Fincher, 1999), pregunta:

 

“- ¿Dónde estabas chico psicótico?

– Quería destrozar algo hermoso.”

 

El Club de la Lucha

 

Sin embargo, la imagen no concuerda con la evocada en los primeros fotogramas. No hay reflejo, no hay espejo. Tan sólo la dualidad entre el mismo personaje que encarnan a la vez Brad Pitt y Edward Norton. Los dos universos que divide el cristal pulido de un espejo, deambulando por el espacio liberado de esa misma frontera opaca. Pero volvamos a la referencia a la imagen reflejada, a la línea divisoria del yo. De un Edward Norton desdibujado en el rostro de Brad Pitt, pasemos al Edward Norton reflejado en un espejo.

 

En el baño de un restaurante, el irlandés Monty Brogan (Edward Norton) araña un fuck you escrito en el cristal de la pica. Y su mirada, al igual que Travis y Vinz, se dirige a sus ojos y, sutilmente, a la del espectador. Esta vez no hay armas, ni ficticias, ni reales. No hay gestos violentos. De hecho, casi no hay ni juventud. Pero están las ganas de joder al mundo. En un monólogo magistral, Spike Lee (La última noche, 2002) desalma a su personaje. Y ojalá todo se destruya. Ojalá todo estalle en mil pedazos. Que se jodan, que se jodan todos:

 

Que se joda esta ciudad y sus habitantes. Desde las casas adosadas de Astoria hasta los áticos de lujo de Park avenue. Desde las viviendas sociales del Bronx hasta los lofts del Soho. Desde los bloques de piso Alphabet City pasando por las casas de piedra rojiza de Park slow, hasta los duplex de Staten island. Que un terremoto lo haga todo fosfatina. Que arda todo furiosamente bajo el fuego. Que se quede todo reducido a putas cenizas y que luego crezcan las aguas y sumerjan todo este sitio infestado de ratas…

 

Pero, de repente, algo cambia. Monty Brogan se detiene, como si acabara de descubrirse a sí mismo en el espejo, y niega con la cabeza. No, se dice, jódete tú. Jódete tú. Y el disparo del arma de Travis, la bala de odio de Vinz, la polla de Eddie, los puñetazos de Jack, convergen en las palabras de Monty. Jódete tú. Por ser quién eres, por vivir donde vives, por respirar el aire que respiras. Jódete tú. El odio hacia el mundo no es más que el odio de ser uno mismo.

 

Si debo terminar este artículo con alguna imagen, que sea con la de los dedos insistentes de Monty Borgan intentando borrar el permanente Fuck you escrito en el espejo de ese mugriento servicio. El eterno rencor hacia la propia vida. Tan insignificante que tan sólo puede desprender odio al verse reflejada. Jódete tú, que no eres más que todo lo que tienes.

 

La Última Noche

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