NEGATIVO GANADOR PRESENTA: LAS CABRAS DE HITCHCOCK

Cuando me ofrecieron escribir una sección para Negativo Ganador (entonces no se llamaba así; de haberlo hecho puede que hubiera meditado más mi respuesta), además de alegrarme y creerme el trasunto de Truffaut, Rohmer y compañía, supe de inmediato que el día previo a cada entrega iba a ser un infierno.

 

Trabajo siempre in extremis, como ése redactor de periódico al que el chaval de la linotipia le arranca la página de la máquina de escribir, mientras todavía teclea fútilmente para llegar a tiempo a la hora del cierre. Todas las ideas y conclusiones brillantes (¡ja!) que me han asaltado en algún momento u otro a lo largo de estos días previos, se han esfumado de mi cabeza (con un ahínco de fuga digno del Eastwood de Escape from Alcatraz) en el preciso momento de sentarme a confeccionar este artículo. Y aquí estoy, desvalido ante la página en blanco, como Norman Rockwell ante el lienzo que habrá de convertirse en unas pocas horas en la próxima portada del Saturday Evening Post.

 

 

Aunque sin duda, mientras garabateo estas palabras, en quien más pienso es en Hergé. Cada semana debía apañárselas para “entregar” dos páginas completas de las aventuras de Tintín, que debían cumplir al mismo tiempo dos condiciones. La primera, que la última viñeta dejara in media res una situación de suspense, bien para la trama (un nuevo y asombroso descubrimiento, pero sin desvelar de qué se trata), bien para los personajes (los villanos de turno provocan un alud a base de dinamita y Tintín queda atrapado bajo una gruesa capa de nieve). Un cliffhanger que dirían hoy.

 

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Y la segunda, que las primeras viñetas resolvieran el misterio instalado la semana previa. ¡Pobre Hergé! Semana a semana debía de ingeniárselas para, no solo hacer avanzar la trama en cuestión, también tenía que salvar a sus sufridos personajes de muertes más que seguras, y deleitar a sus lectores con situaciones cada vez más originales.

 

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Al pobre Hergé también le pasaba que le tomaban por aquello que no era. Como sucedía con muchos de los personajes que llegaban a conocer a Hércules Poirot, todo el mundo daba por hecho que el creador de Tintín era francés, cuando en realidad “solo” era belga.

 

Sé que seguiré compartiendo con Hergé esas noches en vela confeccionando artículos y reseñas, intentando averiguar a fin de cuentas cómo hacer que Tintín sobreviva al alud. Pero lo que no quiero es engañar a nadie, hacerle creer que esta sección es algo que no es. ¡No soy francés!

 

Un poco de concreción. Cada dos semanas, bajo el poco inspirado título de Las cabras de Hitchcock, encontraréis mis horas de vigilia transformadas en alguna suerte de reflexión, o de forma más franca, en una retahíla de palabras sobre alguna novela / ensayo / obra de teatro / etc., puestas en relación con una o varias películas; ya sea porque existe una semejanza entre sus temas o entre sus estructuras, bien porque una sea adaptación de otra (espero en este caso no caer en el estéril juego de las diferencias), o mera inspiración. En cualquier caso, espero que quede claro que se trata de un espacio completamente supeditado a la subjetividad. Una suerte de puesta en común de mis placeres cinéfilos y literarios.

 

No quiero convertir esta presentación en una arenga electoral, así que antes de darme cuenta que estoy pudiendo prometer, y prometiendo que esta sección nunca será aquello, y pudiendo prometer y prometiendo que siempre será lo otro, mejor voy terminando y avanzo algunos de los temas que desfilarán por estas páginas las próximas semanas:

 

El díptico Susan E. Hinton / Francis Ford Coppola: Rebeldes y La ley de la calle; también de Coppola Apocalypse Now / El corazón de la tinieblas; Peter Benchley en tres pases: Tiburón / El abismo / La Isla; Herman Raucher y Verano del ’42; y si seguimos tirando del ovillo de la filmografía de Mulligan será imposible no hablar de Harper Lee, Horton Foote y Matar a un ruiseñor; Arthur Hailey y Aeropuerto / Zero Hour!, Joseph Wambaugh / James Ellroy; Hunter S. Thompson / Terry Gilliam; Rod Serling y Pierre Boulle; y en general aquello que lea y vea durante el transcurso de las semanas.

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Marco Bertolini Díaz

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