INFORME CINÉFILO DEL FESTIVAL DE CANNES

Decía el en todo prematuro literato español Eduardo Hervás que la oración, ante todo, interviene sobre el dispendio que la piensa.

 

Cannes es una oración.

 

Las poéticas de Hsiao-hsien, de Kawase, de Weerasethakul y de otros asiáticos tomaron una parte del Festival. La otra parte la tomó Francia, que para eso es suyo. ¿Cuántas producciones de Wild Bunch había? Un montón. La Palma de Oro, sin embargo, no se la llevó una producción de Wild Bunch. Se la llevó Audiard. La risa. Cosas.

 

 

El gran culto al cine siempre correrá a cargo del Festival de Festivales. Emotivísimos tanto el homenaje póstumo a Ingrid Bergman como el en vivo a Agnès Varda. A leyendas vivas como esta última les toca esgrimir las fórmulas tipo “cineastas, hay que resistir au découragement, à la flemme et à l’imbecillité”. Naturalmente un discurso para la galería: Varda sabe mejor que nadie que la cuestión no es que el cineasta (se) resista a la imbecilidad, sino evitar que los débiles mentales sigan apoderándose del séptimo arte casi antes de que éste se consolide como arte, si se me permite el parafraseo de Sokurov aprovechando el bochorno del 3D en el Festival. Pero la diplomacia había de ir por delante en la clausura del Festival. Que Varda se contuvo, vaya.

 

Es un miedo generalizado que Cannes pueda llegar a dar cabida a según qué tipo de cine si no se echa freno a la apertura compulsiva de subsecciones, pero no creo que el Festival merezca que seamos tan alarmistas: la verdad es que es gracias a incentivar el gesto kamikaze de impetuosas distribuidoras como Wide que seguramente podamos ver La Vanité, el último trabajo de nuestra Carmen Maura, en más salas de lo esperado.

 

DHEEPAN, Jacques Audiard

 

Jacques Audiard va perdidísimo. No ha entendido ni Oriente ni Occidente. Le ha quedado un productito wannabe bochornoso que al mínimamente ilustrado le parecerá según su riqueza de espíritu o bien ridículo o bien repulsivo. Lo desalentador es que en su sala de proyección Dheepan pareció gustar. Mal presagio para la cultura en general.

 

Formal y estilísticamente la película es correctita. Ritmo pausado bien llevado aunque a veces algo castigado por la insipidez de su narrativa, actores bien dirigidos y tan creíbles como la historia… Otro mal presagio para la cultura es que todo esto se tenga que considerar un logro por no ser una constante en el cine.

 

LOVE, Gaspar Noé

 

Un director trasnochadito comandando porno arty. Noé no solo no ha entendido que no es el sexo explícito lo que hace de La vida de Adèle o El Imperio de los Sentidos buenas películas, sino que tampoco se entiende a sí mismo, ni qué al cabo hace funcionar su propia Enter the void o su incontestable Irreversible.

 

En Love no hay emoción – de hecho a penas hay historia. Noé debe creer que está dosificando la información de manera soberbia al volverla sobre sí misma una y otra vez. Pero el problema es otro, de raíz, claro y distinto: ¿qué información?, es decir, ¿de qué interés? Ha pasado totalmente por alto hacer que algo nos importe.

 

Visualmente excede la histeria. De que esto vaya a más solo nos salva que un destino oportunamente retributivo dé a Gaspar Noé un hijo epiléptico.

 

Lejos de incomodar, ofende. Es en todo flácidamente posmoderno, ni viene de ni va hacia algún lugar meditado, o sea, se muestra inmaduro tanto en el qué como en el cómo porque ni parte de un lugar claro ni tiene algo previamente reservado hacia lo que construirse. Su discurso es irrespetuosamente difuso. Parece ser que quiere decir algo sobre el amor, o sobre el sexo, o sobre ambos, pero solo él debe saber qué. Se adivina una ínfula de hacer subyacer a toda la paja una historia y tesis románticas que se pierde en la necesidad de decir “aquí estoy yo”.

 

El enfant era más terrible en Irreversible, ahí había más transgresión y menos hipsteria. Éste es un producto vacío, insustancial, destinado a acumular polvo en el trastero de la historia del cine.

 

Por lo demás, actores nefastos, diálogos lerdos, película zafia.

 

LA GIOVINEZZA (YOUTH), Paolo Sorrentino

 

Cuando Rilke escribió aquello de que lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar no se refería específicamente a que hubiera belleza en hacernos coquetear con una práctica indigestión casi a fuerza de rococó como la que Sorrentino ofrece en Youth. No precisamente.

 

Film construido sobre terreno ya explorado y más que explotado. No logra más que la constatación de que el mundo se compone de dualidades a priori contrarias. Y sin embargo no resuelve ninguna – ni siquiera las que atañen de cerca a la juventud. Los elementos discursivos de la película pendulan con inercia entre unas cosas y otras… y ya está. Y cuando uno sale del cine en la sala queda bailando el inerte péndulo, esperando todavía a que Sorrentino decida algo.

 

SICARIO, Denis Villeneuve

 

Tal vez la película deje algo por decir a otras sobre el recurrido tema de los cárteles sudamericanos, pero ninguna tendrá en su decir ni una precisión, ni una belleza ni, a fin de cuentas, una cinematografía equiparables a las de Sicario.

 

La gran virtud de Villeneuve en Sicario radica en presentar como autoral lo más palomiteramente hollywoodiense a través de un prodigio de atmósfera, lenguaje, ritmo y suspense inédito. Sin embargo, y precisamente por lo dicho es que resulta llamativo esto otro, por mucho que Villeneuve se entreviste y se esfuerce en dar cuenta de ello, su interés por esta historia tan inapelablemente tonta será siempre un misterio.

 

Pero a pesar de lo bobo de la historia hay por parte del director una excelente criba de qué aspectos mostrar en pantalla y cuáles no de la eterna crónica de la guerra de cárteles.

Son, a fin de cuentas, demasiados los rasgos que distinguen y distancian a Sicario de todas las otras películas del mismo género, tema y pretensión.

 

Demasiados los rasgos que la entronizan. Pero ¿qué es del trono sin el súbdito? Oh, Sol, ¿qué sería de ti sin aquellos a los que iluminas? La película es innegablemente deudora de la producción masiva de pequeñeces que la precede y a la que Sicario debe ahora reorientar, eso sí.

 

THE SEA OF TREES, Gus van Sant

 

Con un guión que a palos de ciego transita con supina torpeza el perogrullo más infame, este gesto de involución cultural configura de un golpe mal dado una de esas piezas que dan licencia a disciplinas artísticas a priori más elevadas que el cine para dar mal nombre al cine. The Sea of Trees es una lamentable pretensión fatal que solo logra a fuerza de patoso estilo desenmascarar la trágica ineptitud en la narración sobre lo inefable por parte de Gus van Sant, cuyo talento queda en entredicho si bien late lo suficiente como corazón de este hijo deficiente entre estertores para acentuar las incontables taras de la película junto al pasadito de vueltas de McConaughey.

 

El abuso del manual del guión for dummies no solo acaba hundiendo en el ridículo al director, sino ofendiendo además al espectador. ¿De veras pretendía van Sant resolver un conflicto propio del cine del mejor Tarkovski con esa vergüenza de técnicas narrativas amateur? Y, peor aún, ¿pretendía hacer funcionar todo esto a partir de subyugar dicho conflicto a un discurso sobre lo más de a pie, sobre lo más vulgar, que ha podido abordar el cine desde que el cine es cine?

 

Manolete, si no sabes torear pa’ qué te metes.

 

Ken Watanabe es un grande. Lástima que esté tan desaprovechado.

 

NIE YINNIANG, Hou Hsiao-hsien

 

Esta historia ya nos la habían contado, pero no así. Hou Hsiao-hsien hace tábula rasa después de cinco años con un espectáculo visual sin precedentes en el género. Tanto es así que lo reinventa.

 

Cada plano tiene el valor de una obra de arte en sí mismo. La elegancia y la perenne adscripción del director a ese lenguaje propio logran en la película revalorizar el instante, el momento, esa institución con tanta presencia en el cine, primero por lo que en cada uno de ellos Hsiao-hsien da cabida y luego por la abstracción que de ellos postreramente habilita.

 

Si bien la historia es entera deudora del folklore de su tierra, no deja de tener una frescura apta para lo profundo y lo universal. Permite que el espectador recree su atención en lo visual: entre unas cosas y otras, la historia ya la conoce – así que no se va a perder. De hecho es necesario dejarse embeber por esa belleza que más que articular el relato opera como las bisagras en las puertas al relato.

 

Hunde en el olvido a las compañeras de género. The Grandmaster, incluso La casa de las dagas voladoras, van tras lo mismo que Nie Yinniang, pero su andadura, si bien puede resultar convincente, es en comparación ociosa, triste y vana.

 

Honesta y seriamente: Palma de Oro o la cabeza de los Coen.

 

Edit: pero qué-

 

Constantí Cabestany

 

 

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