CRÍTICA DE “LA FAMILIA BÉLIER”

 

High school musical ¡perdón! La familia Bélier, es lo que vendría siendo en mi ranking de películas una de las que más ganas tenía de ver, pero que me ha decepcionado de igual forma que lo hizo Dios mío ¿pero qué te hemos hecho? el pasado mes de marzo. Ambas, son dos comedias francesas con un tema muy, pero que muy interesante centrado en un núcleo familiar con una particularidad que los hace diferentes al resto, pero que, finalmente (siempre hablando desde mi punto de vista) no las puedes disfrutar del todo porque sientes que no explotan el gran potencial que podrían llegar a tener y que es, precisamente, el que te venden en el tráiler.

 

 

En el caso de La familia Bélier, el punto fuerte de la película está en la relación de la hija con sus padres y su hermano. Ella es la única que puede escuchar de la familia y es la encargada de hacer todos los trabajos que consistan en comunicarse con los demás de forma rápida, ya sea traduciendo los signos que hacen sus padres o hablando por teléfono con proveedores o clientes, ya que trabajan en una granja y sus ingresos dependen de las ventas en el mercado y ella, con 16 años, tiene la responsabilidad( que no lo asume como una carga sino como su papel dentro del núcleo familiar) de facilitar el contacto y ser la intermediaria. Un tema interesante ¿verdad? Pues a esto súmale su gran sueño de ir a estudiar canto a París. Un deseo que se contrapone con las responsabilidades que tiene, además de luchar contra sus miedos e inseguridades que le produciría tener que dejar la granja y, por consiguiente, no poder ayudar a sus padres (que ya habían establecido un orden para poder realizar mejor su trabajo), vivir en la ciudad o, además, tener que realizar las pruebas para ser seleccionada en la academia en la que quiere entrar.

 

la familia belier
Foto de familia preparados para ganar las elecciones

 

Hasta aquí, la película promete y a mi, me prometía muchísimo… hasta que me encontré con los típicos tópicos adolescentes en los que el chico guapo que tiene novia y cambios de humor continuos, el profesor de música excéntrico y con pañuelo, y la chica huyendo por los pasillos del instituto cuando se pone nerviosa, no faltaron y, sinceramente, hizo que mis expectativas cayeran en picado.

 

Para mi, lo interesante de este filme era ver la relación entre la familia, su día a día y su forma de organización, además de cómo lo compaginaría Paula, la protagonista, con su nueva meta que antes, ni siquiera, se había planteado. Y estoy de acuerdo con que, además de esto, como la protagonista es adolescente, quieran llamar a este tipo de público dando prioridad, a veces (bueno, muchas veces) a otros temas como el primer amor y los problemas en el instituto, que por otra parte, hacen que el personaje sea aún más humano. Pero ¿realmente era necesario que la pusieran huyendo de la clase de canto porque una nota le había salido bien delante de sus compañeros? Esto lo único que hace es recordarme a los programas de Disney Channel donde el hecho de destacar en algo “involuntariamente” es una razón para sentirte avergonzado y llorar en el baño. Vale que quieras reflejar sus miedos, pero no hace falta llamar a los adolescentes a las salas poniendo a una persona sufriendo por ser buena en algo, para eso tenemos a Hannah Montana con su secreto de identidad o High school musical con un jugador de baloncesto que canta. Me encanta el humanismo con el que crean al personaje, ya que es una persona muy resolutiva y dicharachera cuando trabaja en el mercado o en la granja, pero insegura cuando hace lo que realmente le apasiona, pero, de verdad, que la huida hacia el baño (2 veces, aunque una de ellas es justificada y no explico más porque sería contar demasiado) no era necesaria, con la propia actuación de la actriz se notaba su incomodidad y su falta de costumbre, no hacía falta que saliera corriendo y que el profesor de fondo alabara la voz prodigiosa que tiene, creo que todos somos capaces de entenderlo sin este tipo de subtítulos. Y me parece una pena porque el querer darle tanto protagonismo al amor adolescente entre Paula y Gabriel, que por cierto, también está en el coro del instituto, es lo que provoca que dejen a mitad miles de temas que van abordando en la película, pero que no completan, y que son el doble de interesantes. Como por ejemplo, el hecho de que el padre quiera ser alcalde del pueblo para poder mejorar las condiciones en las que viven todos los ciudadanos y con la ayuda de toda su familia se presenta a las elecciones, o la reacción tan compleja que tiene la madre cuando su hija les explica después de meses que se quiere presentar a unas pruebas para estudiar música en la ciudad, e incluso, también, la verdadera evolución de Paula como cantante, tanto en el coro como en las clases particulares que se ofrece a darle su profesor (hombre desesperado porque ninguno de sus alumnos ha conseguido pasar la prueba y ve en esta chica la oportunidad de dejar de fracasar, aliciente original donde los haya, todo sea dicho). Y, realmente, esto me da mucha rabia porque la película tenía giros resueltos de forma muy inteligente haciendo que los espectadores nos anticipásemos a lo que iba a pasar y, finalmente, nos la jugaban haciendo que cayéramos en la trampa. Es decir, viendo La familia Bélier me sentí dividida completamente porque por una parte me enganchaba a la originalidad de las situaciones que creaban en la granja, en el mercado, durante el proceso de las elecciones o incluso en la primera “cita” entre Paula y Gabriel. Pero, por otra parte, me sentía como si estuviera viendo otra película diferente donde todo lo que pasaba con el tema de la música fuera predecible: la gran evolución de la chica, el hecho de que en la segunda clase le propongan hacer un dúo en la función final con el chico que le gusta y, por último, la oportunidad de presentarse a unas pruebas que tendría que preparar en poco tiempo. Una de las mejores partes podría haber sido esta, su evolución en paralelo con el trabajo en la granja, las nuevas posibilidades que se le están abriendo ante sus ojos y el esfuerzo que realiza, pero, en cambio, utilizan estos espacios para potenciar más, aunque nunca dejan de lado el resto, la relación entre los chicos. Si que hay que admitir, también, que los problemas en casa quedan muy bien reflejados en las clases particulares y la técnica que va adquiriendo la muestran de forma progresiva, lo que hace que no salte en absoluto el cambio entre una clase y la siguiente que se muestra y que tiene lugar un tiempo después.

 

Ensayando el número final

 

Si tuviera que definir esta película, la definiría como una carrera entre ella y el espectador por ver quien se anticipa a quien. Algunas veces es imposible cogerle el ritmo y juega contigo haciéndote disfrutar de una buena comedia, pero otras muchas veces puedes adelantarla hasta en el final que se producirá una hora más tarde. Pero, hay que admitir que si lo miramos desde la perspectiva de que a veces lo importante es el camino y no cómo se termina, es un buen viaje para reflexionar no solo sobre el cine, este género o las películas en general, sino en los sueños adolescentes que te llevan por un camino u otro y en que, muchas veces, cuanto más jóvenes somos, más parecemos tener las cosas claras. O, por si no me he explicado con claridad, escuchad “Je vole”, tanto de Michel Sardou o la versión interpretada por Louane Emera, actriz y protagonista de la película. Resume, mil veces mejor de lo que podría hacer yo, la finalidad de la película.

 

Dúo en la función final entre Paula y Gabriel

 

Qué el cine os acompañe.

 

Andrea Ordóñez

 

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