CRÍTICA DE “LA DAMA DE ORO”

“Retrato de Adele Bloch-Bauer I”, conocido como La Dama de Oro

 

¿Vemos con otros ojos las películas cuando sabemos que luego tendremos que hablar de ellas o es que con el paso del tiempo nos volvemos más exigentes? Aquí está lo que fue mi entretenimiento mental desde los primeros quince minutos de la película hasta el final. ¿La razón? La razón está en que llega un punto en el que, cuando vas a ver específicamente una película, no puedes evitar dejar de ver o encontrar o, incluso, buscar elementos que posteriormente te ayuden a tener argumentos que formen una opinión clara, olvidando, quizá, el disfrute del momento. Pero ¿qué pasa cuándo la mayoría de ellos son negativos? ¿Soy yo, que desde mi “ignorancia” lo veo todo de una forma más crítica o es que realmente están y mi ojo es cada vez más hábil? Sea cual sea la respuesta, pues creo que llevará un tiempo dar con ella, una cosa está clara: si la mayor parte de mi atención se centró en estos pensamientos en vez de lo que pasaba ante mí en pantalla, eso, significa algo.

 

 

Reconozco que mi motivación inicial para ir a ver esta película fue nada más ni nada menos que la maravillosa Helen Mirren, quien interpreta a Maria Altmann, una mujer que tuvo que huir de Austria en la II Guerra Mundial y que, con el paso de los años, quiere reclamar lo que por derecho es suyo: el Retrato de Adele Bloch-Bauer I, obra de Gustav Klimt, robado a su familia por los nazis y cuya modelo es su idolatrada tía. Un argumento, al que si, además, le añades que es una historia basada en hechos reales, cualquier persona sentiría, como mínimo, un poco de curiosidad. Pero, sinceramente, creo que no es suficiente tener a Mirren para que una película se sostenga.

 

Helen Mirren

 

A mí, personalmente, me gusta llegar a conocer bien a los personajes, es decir, dejar que respire un poco la película antes de que comience la acción, por eso, no pude evitar sentirme algo agobiada cuando a los 5 minutos de haber empezado ya me habían presentado a Maria, Randy (el abogado que llevará su caso), la existencia de unas misteriosas cartas de su tía a la que había retratado Gustav Klimt y, el hecho, de que quería traer el cuadro de vuelta a su hogar. Y, a esto, súmale todas y cada una de las características, que no cambiarán en gran medida, de ambos personajes. Es cierto que, por otra parte, intentan recrear dos personalidades opuestas, un tímido e inseguro joven al que le pesa todo el éxito de sus familiares y una mujer decidida con un pasado más presente de lo que le gustaría reconocer. Pero, la forma en la que, finalmente, llegan a comprenderse y a ser un verdadero equipo queda algo abandonada por todos los frentes abiertos que tratan de mostrar: la seguridad que va adquiriendo Randy inesperadamente de una escena a otra, la culpabilidad momentánea (y digo momentánea porque dura exactamente un plano) del abogado por haber iniciado el trámite simplemente por el dinero que podría conseguir, las conexiones del pasado con la realidad, los cambios tan inesperados como inverosímiles en la convicción de Maria, la familia perfecta de Randy y, por supuesto, los líos burocráticos para poder pedir la restitución del cuadro. Aunque, sinceramente, de este último no podemos quejarnos, ya que una cosa es segura: todos los trámites y pasos que debieron seguir para llegar hasta su objetivo están explicados de forma muy clara. Y eso, es de agradecer.

 

Randy (Ryan Reynolds) en el juicio como abogado.

 

No se si sentiréis lo mismo, pero a mí muchas veces me pasa que, cuando estoy viendo una película que trata de explicar un caso (sobre todo, judicial), llega un momento en el que sigo las conexiones que van haciendo los personajes y la evolución del proceso simplemente por el hecho de que ya estoy dentro de la dinámica de la película, pero no porque realmente entienda los pasos que están realizando. Y, en La dama de oro, explican todo lo que tuvieron que hacer para conseguir el cuadro de forma clara y ordenada sin dejar lugar a ningún tipo de duda con respecto a las instituciones a las que apelan o los juicios que realizan. Puede ser más o menos entretenido, es cierto, pero para eso están los recuerdos de Maria durante su juventud, que van entremezclándose con el presente y que, incluso, puedes llegar a desear que estos momentos de reflexión se extendieran un poco más. Pero, quizá, eso es lo que les hace tan especiales.

 

Sin duda, como en cualquier otra película, todo no puede ser solo negro o blanco, bueno o malo, y me sorprendo a mí misma escribiendo características que antes había pasado por alto y que una vez meditadas hacen que contemples, no con otros ojos, pero si con un respeto mayor por el trabajo del que ya de por si siento por cada filme. Sea como sea, pretendan lo que pretendan, lo que hay detrás del resultado final es comparable a mover un ejército . Así que, como siempre digo, todas las opiniones son cuestionables y la mía es una más de entre todos los que estábamos en la sala. Así pues, por si os sirve de referente, os puedo decir que las reacciones generales entre el público fueron de lo más variadas: unos, los más impacientes, se marcharon incluso antes de que se encendieran las luces durante los créditos, otros se quedaron escuchando la música o charlando animadamente sobre algunos de los mejores momentos y, otros…bueno, podemos decir que se quedaron para ver si su opinión estaba acorde con la del resto del público (aunque nunca se podrá saber a ciencia cierta).

 

Qué el cine os acompañe.

 

Andrea Ordóñez

 

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