ALBERT MAYSLES. EL OJO DEL POETA

«No hay que ser una mosca en la pared. Eso no tendría sentido. Hay que establecer una relación sin decirlo, a través del contacto visual y la empatía» – Albert Maysles

 

Tanto cinéfilos como estudiantes de cine y cineastas en cierne en general tendemos a olvidar una parte importantísima de la historia de nuestro medio: la no-ficción. Es casi como si quisiéramos huir de la realidad. Que el legado de David y Albert Maysles sirva para recordárnoslo, existe la belleza en lo real y cotidiano.

 

 

De orígenes humildes, ambos llegaron a compartir un sencillo apartamento en Nueva York antes de despegar sus carreras. Albert fue el primero, tras estudiar psicología e incluso enseñarla viajó con una cámara a psiquiátricos rusos. De ahí el corto adecuadamente titulado Psychiatry in Russia, del año 1955.  Su primera experiencia con el documental.

 

Más adelante, en 1960, se encargó de la fotografía en Primary, de Robert Drew. El film sigue la campaña para la presidencia del candidato John Fitzgerald Kennedy, ni más ni menos. Aunque el film mostrase el lado humano del político el interés de los Maysles acabó recayendo en otro tipo de personalidades.

 

En 1966 viajan a su Boston natal para reencontrarse con el tipo de personas con las que crecieron. Pronto descubren un estilo de vida que retratar a través del objetivo, un tema interesante, que funciona a muchos niveles. El día a día del vendedor de Biblias a domicilio. El mismo Albert había llegado a trabajar vendiendo enciclopedias puerta a puerta. Duró una semana. Quizá no pudo soportar tener que maquillar la verdad con tal de vender.

 

Pero gracias a haber creado a partir de piezas existentes una cámara conectada a un magnetófono que permitía grabar en cualquier lugar video con audio sincronizado y un equipo de sólo dos personas, se convirtieron en buque insignia del Direct Cinema. Así, sus películas prescinden de guiones, entrevistas o voces en off. Lo que se ve parte directamente de la realidad, sin filtros. Como hábilmente describió alguien, la cámara se convirtió en una “mosca en la pared”, para captar la vida real sin entrometerse en ella y sin prejuicios.

 

David y Albert Maysles con su sistema de grabación de audio y video
Los Hermanos Maysles con su sistema de grabación de audio y video

 

Las consecuencias de ver Salesman

 

Con todo esto dicho podemos entender la concepción del paradigma del movimiento y un clásico de culto, Salesman. Hay un primer tema tratado que es evidente, la capitalización de la fe, los extremos del capitalismo. La película sigue a cuatro comerciales encasquetando Biblias  carísimas a familias de clase media-baja. Sin embargo, no cuesta nada ponerse del lado del vendedor. O al menos, comprenderle.

 

Pensémoslo. Todo el mundo ha recibido alguna vez la visita inesperada de algún que otro viajante. Siempre es algo más bien desagradable o que genera poco interés. Pero nunca nos hemos parado a pensar por qué lo hacen, qué les empuja a interrumpir nuestra calma e intentar vendernos productos innecesarios. La película consigue darnos perspectiva sobre ello, que reflexionemos. Y eso que nunca les vemos fuera del ambiente laboral.

 

Pero sí descubrimos su lado humano. Les vemos comer, bañarse en la piscina, haciendo el tonto, perdiéndose conduciendo… En resumen, haciendo todo tipo de cosas que les hacen semejantes a cualquiera de nosotros. También, les vemos sufrir.

 

La secuencia más reveladora, tanto de este sufrimiento como del interés de los cineastas por los sentimientos, es la del tren. Un afligido vendedor aguarda con amargura su destino: la reunión al final de día en que tendrá que comparar sus pocas ventas con el éxito de sus compañeros.  No hacen falta palabras. Sólo su expresión y postura lo dicen ya todo.

 

Ahí es cuando ese señor extraño del traje que viene a importunarnos se convierte en persona, adquiere nombre y apellido. Paul Brennan. De los cuatro comerciantes que protagonizan el filme él es el único que ya no vende como antes. Y progresivamente, va a peor. Los Maysles reconocieron en él rasgos de la figura de su padre. Un programador televisivo hizo lo propio con el suyo, que también había sido vendedor. Y acabó llorando.

 

Yo mismo tuve mi época de comercial, breve y escasa en éxitos. Y puedo decir que la película me hizo revivir todo el agobio y el estrés que se produce cuando uno no sabe ya qué más hacer para vender algo. Pero uno puede sentirse identificado con Brennan aunque no comparta esta experiencia concreta. Porque todo el mundo puede entender qué son el esfuerzo sin recompensa, el desánimo y el fracaso.

 

Su visionado puede removerle a uno por dentro e incluso deprimirle, pero a la vez es sumamente entretenido y a veces incluso cómico. No deja de haber algo de estrafalario en el hecho de que unos hombres vayan por el mundo vendiendo el libro sagrado a amas de casa en rulos porque, y cito textualmente,  «sigue siendo el mayor best-seller en el mundo».

 

Paul Brennan intentando una venta

 

Todo este río de sensaciones que uno puede experimentar al ver la película se debe básicamente a una cosa. La sensibilidad del dúo para comprender a sus sujetos. La empatía que sentimos por ellos es la que David y Albert establecieron previamente. Su capacidad de observación va más allá y permite transmitir en pantalla algo tan intangible y abstracto como la vulnerabilidad humana. No es el ojo de una mosca, es el ojo de un poeta el que miraba a través de su cámara.

 

Albert Maysles murió el pasado 6 de marzo. David Maysles el 3 de enero de 1987. Tal vez su pérdida ya no sea una noticia fresca. Pero vale la pena mirar hacia atrás y ver su obra, porque Salesman es sólo un ejemplo. El valor de su filmografía siempre seguirá vigente. Un aspirante a cineasta, y ya no digamos uno a documentalista, pueden sacar muchísimo partido de ella. Es altamente recomendable la sección The Documentary en la web mayslesfilms.com, de ahí proviene la cita superior. Pero cualquiera puede aprender viendo sus películas. A apreciar lo inmenso en lo simple, lo exótico en lo cotidiano,  lo bello en lo vulgar, lo extraordinario en lo humano.

 

Jaume Bernabéu

 

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