CRÍTICA DE “JAUJA”

PARAÍSO PERDIDO O CÓMO INTERPRETAR CONSTELACIONES

 

 

«Los Antiguos decían que Jauja era una tierra mitológica de abundancia y felicidad. Muchas expediciones buscaron el lugar para corroborarlo. Con el tiempo, la leyenda creció de manera desproporcionada. Sin duda la gente exageraba, como siempre. Lo único que se sabe con certeza es que todos los que intentaron encontrar ese paraíso terrenal se perdieron en el camino»

 

Y así empieza Jauja, la última película del argentino Lisandro Alonso, director de filmes como Liverpool o Los muertos. Sin duda alguna, Jauja es mucho más que un largometraje de 101 minutos de duración protagonizado por un excelente Viggo Mortensen; Jauja es una declaración de principios, un ensayo filosófico, una reflexión sobre aquello que nos empuja a continuar.

 

Gil de Biedma dijo una vez: “Pero también / la vida nos sujeta porque precisamente / no es como la esperábamos”. Y Jauja es esto: el planteamiento, a partir de una trama tan visceral como la del padre que busca a la hija en mitad del desierto, sobre los pilares que constituyen el ser humano tal y cómo lo conocemos, tal y cómo nos conocemos. Y aquello que empieza siendo una búsqueda de la hija, del único patrimonio perdido, acaba por derivar en un viaje existencial donde el paisaje es lo único que queda.

 

 

Y, sin embargo, Jauja sigue siendo todavía más que esto: la magia del cine. Sí, la magia del cine de retratar tiempos y espacios distantes entre sí que coinciden en el destino. Llega un momento en el filme donde el realismo que impregnaba los primeros planos se convierte en anhelo, sueño, e incertidumbre. Anhelo el del protagonista por encontrar a su hija, sueño el de la hija al reencarnarse e incertidumbre la del espectador ante el relato que Alonso nos propone. Y entra la irracionalidad, y el filme te acoge, y cada plano de mece como mece la madre al niño recién nacido.

 

Y sin embargo, Jauja sigue siendo todavía más que esto: las constelaciones. Hacia la mitad del largometraje, en un bellísimo plano donde yacen Ingeborg, la hija del protagonista, y el amante latino con el que se escapa, la joven muchacha, fascinada por las marcas que el amante tiene en su espalda, entona: “Parece una constelación”. Sin duda alguna, Jauja es la metáfora del ser comprendido como constelación: complejidad y belleza unidos por una misteriosa áurea que, cuando más cerca estás de comprenderla, menos tiempo de vida te queda.

 

Y sin embargo, Jauja sigue siendo todavía más que esto: la incomprensión. Minutos antes de que empiece la proyección, Mortensen nos advierte en persona: “Muchos son aquellos que, tras ver el filme, se han preguntado infinitud de cosas. Les deseo mucha suerte a los que se atrevan a ir en busca de respuestas”. Pues sí; preguntas y más preguntas. Y al final lo único que queda es el paisaje desértico como espejo del capitán que, por cierto, también va en busca de preguntas que al final no se resolverán. Y la incomprensión tanto del espectador como del protagonista se refleja en la pérdida de aquellos colores magníficamente pintados por Timo Salminen, habitual director de fotografía de Kaurismäki. Así pues, como por arte de magia, el verde vegetal y el azul del agua van derivando a un gris volcánico donde no sólo se ha perdido la hija, sino también el padre.

 

Y sin embargo, Jauja sigue siendo todavía más que esto: la nostalgia del perro que hecha de menos a su dueña. La soledad de la mujer a la que sólo le queda su animal y su manantial. La tristeza del paisaje marchito. La desolación del hombre sin respuestas (quizá porque nunca supo formularse las preguntas). El romanticismo del siglo XIX. La nostalgia de Lisandro Alonso que, en un melancólico formato de pantalla en 4:3, canta a un cine artesanal en vías de extinción. Y quizás Jauja es el paralelismo entre la búsqueda de la tierra prometida y la recuperación de un cine perdido. Y sin embargo, Jauja sigue siendo todavía más que esto.

 

Jaime Puertas (1º)